Septiembre comienza con un viaje a York y sus alrededores; es la tercera vez que visito la patria chica de las Brontë, pero en esta ocasión, hay dos diferencias. La primera, los tres fotógrafos que me acompañan para documentar la visita (Jimena, Paul, Ofelia y Ramón, el redactor). Cazadores cazados.
La segunda, Steve, el conductor. |
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Los primeros me han hecho consciente de lo hermoso que es el paisaje visto por otros ojos. El segundo me ha dado la libertad de moverme con una soltura antes desconocida. La incorporación de una excelente guía, Joan, ha sido también esencial. Pero nada comparable a un coche propio. En mi visita en 2001 la fiebre aftosa me impidió poner un pie fuera de las calles empedradas. En la que realicé en 2004, con mi hermana, sólo cubrimos Haworth. Cada vez que me planteo en serio la posibilidad de aprender a conducir aparece una razón sensata que me lo quita de la cabeza: en este caso, el sentido opuesto de la conducción británica.
Haworth comienza en cuesta, y finaliza en la casa de las Brontë.
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Al menos, para mí. Esa cuesta, con la que sueño a menudo, es uno de mis lugares más queridos en Inglaterra. La casa de las Brontë mantiene su magnífica dotación, la ropa, los muebles, los diminutos códices en las que las hermanas escribían sus Gondal y sus Angria. Sus abecedarios de punto de cruz, el espectacular tocado de boda de Charlotte, cuando ya le rozaba la prosperidad y decidió modestas reformas en su casa y en su atuendo. |
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Me cuesta ver más allá de ese lugar, y sólo la voluntad decidida de la guía me arranca de los páramos y del brezo, que en estos meses florece en grandes masas rosadas, para llevarme a otros lugares.
Harrogate, el castillo de Ripley, y luego, la abadía de Fountain. Fray Tuck, el orondo fraile de las baladas de Robin Hood, procedía (es la leyenda) de esta construcción cisterciense, magnífica y destartalada. |
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Llueve de una manera inmisericorde, como en España se ha olvidado ya de llover, y yo chapoteo en sandalias, con la misma alegría de los niños en los charcos. Cuando ya tengo bastante alegría, me compro unas sensatas Wellingtons, que hacen lo que fueron encomendadas en su principio: librarme del agua.
Son muy monas. |
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En Whitby, la ciudad predilecta de los góticos, las abadesas, la inspiración para Stoker, para mil rimas marinas y el lugar perfecto para fish and chips, asoma por fin el sol. El mismo que asoma por el este y por el oeste desde el mismo barranco, el mismo día.
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Leeds se lleva la fama, las mejores compras las hice en York.
Me he comprado un bolso-fresón de fieltro.
También le he comprado unos gemelos a Fernando Marías, mi editor de “Ternura para los Monstruos: Frankenstein”. Llevaban su nombre. |
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El libro que me acompaña en ese viaje es La verdadera historia del Hombre Elefante, de M. Howell y P. Ford, una búsqueda de la persona real bajo el monstruo. Encaja perfectamente. Para los amantes de los gatos, cualquier librería inglesa ofrece el paraíso en forma de álbumes fotográficos: Gatos en iglesias, Gatos bebé, Los gatos de los claustros, Esos malvados gatitos, Cómo puedes educar a tus dueños... Si, como yo, los jardines y el cuidado de las plantas es una obsesión, el sobrepeso en la maleta puede pagarse caro.
Por cierto, esta es Palmira |
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La rescaté en Elche, donde pedía mimos en el jardín de un hotel. Es adorable, dulce y guapísima. Ronronea con sólo mirarla. Está en adopción.
Para quienes no encuentran encanto en gatos ni plantas, mi último descubrimiento de las letras inglesas es Robert Rankin. Simplemente desternillante. |
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