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Verano de 2008 (II)

Mis lecturas de verano:

De Vernon Lee, una colección de cuentos titulado “Amour Dure”. Regalo de un amigo, deliciosamente anticuado, el librito está editado por Reino de Redonda.

Seix Barral ha reeditado “Las máscaras del héroe”, de J.M de Prada, perfecta excusa para leerlo de nuevo. Ahora que nos une una buena amistad, sus historias toman otro sentido.

Lorenzo Silva me recomendó vivamente “Los hombres que no amaban a las mujeres”, de Stieg Larsson, antes de que yo supiera de su existencia. Él había escrito varios reportajes sobre las circunstancias en las que este autor ha llegado al éxito, había entrevistado a sus familiares, y lo cierto es que voy a conseguirme la segunda parte en inglés, porque no quiero esperar a la traducción española.

Por el contrario, la segunda novela de Lisa See, cuya “El abanico de seda” he empleado tanto en los cursos, “El pabellón de las peonías” me ha parecido simplemente correcta. La idea de partida es aún mejor que la anterior, pero se desluce con el paso de la novela.

“Otra idea de Galicia”, de M.A. Murado forma parte de una colección de Debate de la que no esperaba gran cosa, y que me ha sorprendido agradablemente. El ensayo sobre Galicia es brillante, y llega en un momento adecuado. Me quedan el de Cataluña y el del País Vasco.

Agosto: vacaciones, esa cosa que les ocurre a los demás. Al menos, tras el curso de verano de Teruel, una semana apasionante pero extenuante, me escapo tres días a la zona del Matarraña, a la casa de unos amigos. La finca, la Torre del Marqués, es una casa espléndida del siglo XVIII, situada en una colina. Un poco más abajo, las pistas de entrenamiento de los caballos; aquí tiene lugar anualmente un Campeonato de Saltos Internacional.

Aunque la erigió el marqués de Santa Coloma, fue más tarde propiedad de un inglés, que pidió ser recordado en la tierra que amó. En la capilla, una inscripción recuerda su nombre.

Cada esquina esta invadida por el sol. Huele a higuera y a lavanda.

La hiedra, tan paciente, cubre las paredes. El perrito de mis amigos ataca a enemigos invisibles, y escapa de las avispas, que podrían matarlo.

Esos días soleados y tranquilos tienen como fondo la canción “Viva la vida” de Coldplay. Siguen gustándome tanto como hace años, aunque no podré asistir al concierto que en septiembre dan en España, y encajan bien con la sensación de euforia que me produce leer a Robert Greene, que me tiene entretenida todo ese fin de semana.

Dejo la Provenza española para marcharme a la Menéndez Pelayo, en Santander. Cierro un curso sobre Creación de Empleo, en realidad, sobre los Mileuristas, una vez más. El mar bate contra las rocas, y las escaleras brotan de la nada.

Junto a esas escaleras termino “Los libros que nunca he escrito”, de G. Steiner, que ha publicado Siruela. Se deslíe en el cerebro como un caramelo en la boca.


He tenido mucho tiempo para leer este mes. “Las intermitencias de la muerte”, de Saramago, “Niños de tiza”, de D. Torres, Premio Tigre Juan, en cuyo jurado estuve y que ha sido editado. “Botchan”, de N. Soseki, ha sido publicado por Impedimenta. Siempre siento cierta vergüenza al recomendar libros de mis amigos, o, en este caso editados por ellos, pero la editorial de Enrique Redel está haciéndolo tan bien, que sería injusto no hablar de ellos.

Por eso, hablar de “Cambio príncipe por lobo feroz”, de R. Sánchez Silva, está plenamente justificado.

Leo otra vez “El ardor de la sangre”, de la Nemirovsky, espléndida. “Diario de batalla”, de María Ángeles Durán. He trabajado en varias ocasiones con esta socióloga, a la que admiro mucho, pero no ha sido hasta que he terminado la minuciosa agenda en la que describe la detección y curación de su cáncer de pecho cuando he podido apreciar su valor y su sensibilidad. Es conmovedor, y habla como no he escuchado a nadie de la urgente necesidad de regular la eutanasia.

He leído varios diarios más: uno, publicado por Temas de hoy, “Anoche soñé con la paz”, de Dang Thuy Tram, es el de una joven doctora vietnamita, que escribe en plena guerra. La crónica se interrumpe en junio de 1970, con su muerte en la jungla. Otro de ellos, “El pintor de Cracovia” (Ediciones B), son las memorias de Joseph Bau, que sobrevivió en Plaszow y llegó a casarse dentro del campo de concentración con su amada Rebecca, la manicurista de Amon Goeth. La autobiografía de Benazir Bhutto, una mujer cuyo asesinato sentí de una manera casi personal. En octubre, en Seúl, conoceré a su hermana en el Forum Internacional de las Mujeres.

No es diario, pero sí biografía: Nadia Fusini escribe sobre Virginia Woolf en “Poseo mi alma”. Era una autora que me interesó muchísimo hace varios años, a la que tenía descuidada, y a la que tendría que estudiar de nuevo. En la misma colección de Siruela pueden encontrarse los “Cuadernos de la guerra” de Marguerite Duras, un documento muy interesante, con fotografías y análisis de los facsímiles.

Más: “El negocio del sexo”, de Lucía Martín, y el último libro de Quino, “La aventura de comer”, que además me dedicó en Sant Jordi. “Las aventuras de dos gemelos diferentes”, de Tonke Dragt, (Siruela), es el único libro juvenil que destaco. He leído varios, casi todos decepcionantes. Prefiero no mencionarlos.

Las “Historia de la fealdad” y la “Historia de la belleza”, dos volúmenes de U. Eco publicados por Lumen han estado en mi cabecera durante todo el verano, y parte de la primavera. Merecen calma y atención, son magníficos.

“El lado oscuro del amor”, de R. Schami. Aviso, son más de 800 páginas, una saga familiar al viejo estilo, o, como el autor indica, teselas de un enorme mosaico. Exótica, cercana, el autor vive en Alemania y la distancia con el exceso oriental se agradece. Y “La cura Schopenhauer”. No conocía al autor, I. D. Yalom, pero ya lo he anotado. Los dos son de Salamandra.

© Espido Freire 2005