Julio. Treinta y cuatro años.
Me concedo el mejor regalo de cumpleaños posible. El concierto de Leonard Cohen en Benicassim, antecedido por un desfile de moda en el Corral de Almagro que aúna teatro clásico, vestuario y espectáculo. Esperanza, el hada madrina de Jesús del Pozo, me lleva en un AVE parecido al autobús de excursión del cole. No podría ser más feliz.
Bueno, quizás sí, si pudiera ver el “Hamlet” de Juan Diego Botto; por tres veces lo he intentado, y me ha sido imposible. ¡Botto convertido en Hamlet! Hamlet ha sido y será el hombre de mi vida. Mala suerte si está como una cabra. Me muero de la curiosidad. El atractivo físico de Botto se une al talento, y prefiero no anticipar. Veremos. Como si jugáramos al ratón y al gato, su gira y mis compromisos son radicalmente excluyentes. Sol y luz a raudales, mar y un poco de descanso, tras un año agotador.
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En Benicassim formo parte del Jurado de Cortos, del que resulta ganador “Alumbramiento”, de Chapero Jackson. Me encantan “Yolk”, de S. Lance (nos dio ciertos problemas, las virtudes se convertían en errores según la sensibilidad y la visión, lo que indica que el tema que tocaba era delicado) “É finita la commedia” (J.J. Collette y O. Tollet) “Rewind”, (A. Taishete) y “Perpetuum mobile”, un deslumbrante corto de animación de una encantadora pareja vasca, Enrique García y Raquel Ajofrín. Me dejo “Paseo”, de Ruiz Serrano, que también me gustó mucho. Aquí, los laboriosos miembros del jurado cumpliendo con nuestra agotadora labor.
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Mika: una especie de histeria colectiva emana del escenario y se extiende por el festival. Supongo que la combinación de falsete, colores, globos y saltos son más de lo que podemos resistir a esas alturas sin volvernos definitivamente locos.
Me lo paso como los indios, tampoco vamos a mentir.
Yo también quiero un contenedor con mi nombre. |
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Uniforme FIB: vestido flojo, zapato plano, doble identificación, (muñeca y cuello), gin tonic en mano, mochila y protector solar. Varios de los elementos anteriores van contra mi religión. Gente, gente, gente.
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El concierto de Cohen superó mis expectativas, que eran, he de confesar, bastante altas.
¿Qué puedo decir? Cohen escapa a mi probada falta de mitomanía. Su voz calma, acaricia. Cuando comenzó a cantar, con un directo impecable, se alimentaba el alma de una forma casi física. T, que me acompañaba, disfrutó del privilegio de conocerle en directo, en persona, y yo, como Bulwer Lytton decía, le envidié el placer futuro de escuchar por primera vez sus canciones. Para cuando Morente ocupó el escenario yo estaba agotada, y preferí retirarme. |
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