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Abril de 2008

De todos los libros que he leído durante este mes el que sin duda me ha impresionado mas ha sido la recopilación de artículos de David Tang, An apple a week. Hace unas semanas ni siquiera sabía de su existencia, pero tras mi viaje a Hong Kong no hay posibilidad de olvidarse de él. Tang, un notable empresario, el fundador de las tiendas Shanghai Tang, se educó en Inglaterra, pero no es un millonario al uso: en sus artículos hace constante hincapié en la necesidad de una mejor educación, realiza un elogio encendido de la poesía y la literatura, y defiende el sentido común y el amor por la belleza como algo indispensable para el gobierno civil. Cada artículo ha sido una sorpresa y un placer. No muchos hombres poderosos reconocen abiertamente su venustrafobia, tampoco.

Sin embargo, durante las largas horas de vuelo hasta Hong Kong tuve tiempo de leer varios libros perfectamente prescindibles, e incluso pude ver Expiación, (J. Wright) de la que esperaba bastante más. Reforcé además mi convicción de que es peligrosísimo llevar a los niños al cine, con la programación actual que se les destina.

Mi visita a Hong Kong se debía a una invitación de la Hong Kong University para impartir un curso de creación literaria. La experiencia ha sido magnífica, y me ha ratificado en mis ideas acerca del interés que asignaturas relacionadas con la literatura siguen manteniendo para otras disciplinas. Es más, tuvimos bastante más alumnos de los que la Universidad y yo esperábamos, varios de ellos profesores europeos, y eso me hizo modificar el esquema inicial del curso. Impartí las clases en inglés, y por primera vez ante estudiantes asiáticos. Los medios tecnológicos de la HKU son de los que hacen que mis ojos se llenen de lágrimas.


El trato tanto de las profesoras de español, como de las autoridades universitarias como del Consulado fue exquisito. Daba pereza regresar a un Madrid mucho más brusco y mucho menos alentador.

La residencia en la que me hospedaba se encontraba en el propio Campus. Muy práctica, y muy bella.


Pero el tiempo que ahorraba por cercanía de la universidad se perdía entre los laberintos de sus pasillos. Para llegar a mi habitación, la número 9, debía superar toda una ginkana.


Tuve poco tiempo para conocer la ciudad. Aún así, un paseo matinal para una entrevista de EFE me permitió ver la célebre estatua de Bruce Lee en el Paseo de las Estrellas, y el perfil de la ciudad, que queda al otro extremo de la península de Kowloon. Hay que cruzar en ferry para ir allí.

Las coloridas mascotitas de los Juegos Olímpicos habían tomado la calle, mientras a unos kilómetros de distancia la terrible represión contra el Tibet había dudar de que estos tuvieran lugar.


La noche en Kowloon es otra experiencia que no olvidaré: aunque gran parte de los mercados se han convertido en mercadillos, y es difícil alejar la impresión de que estoy viendo lo que los mercadillos españoles venderán en la próxima temporada, los carteles, el olor, y la variedad son genuinamente chinos.


La amabilidad de mis anfitriones me permite conocer el China Club, propiedad del ubicuo David Tang, y uno de los lugares más exclusivos y elegantes de Hong Kong. La colección de arte expuesta en las escaleras y su biblioteca quitan el aliento.


© Espido Freire 2005