Acabo de regresar de Bremen, con dos observaciones principales: hemos aún de recorrer un largo camino para considerarnos, de pleno derecho, europeos, y he olvidado todo alemán que nunca supe. Por dos veces he intentado dominar esa lengua poética y cambiante: cuando me enseñaron fonética para cantarla, hace muchos, muchos años, y en primero de Filología, cuando me matriculé de alemán con la ilusión de aprender algo de literatura, y por ende, sobre Los Nibelungos. Mi profesora, excelente gramática, nunca compartió mi pasión por Goethe, Schiller, Ulfilas o los Heldenliedafer. No la censuro, mi pedantería universitaria resulta difícil (y embarazosa) de creer.
No ha sido sino gracias a E.K. que mi conocimiento del alemán ha mejorado lo suficiente como para leer con cierta fluidez, y entender un mínimo. Eso me hacer ser muda, pero muy atenta, en mi visita. Hace dieciocho años que no visito Bremen: otra vida. Otra fuerza.
A mediados de diciembre recibí, de pronto, una llamada del pasado. Tras comentar con mi padre, por enésima vez, mi experiencia con el canto, y salvar de la quema a pocos compañeros, uno de los más talentosos y dulces, Fernando Latorre, me invita a La Bruja. Él, que inició su periplo internacional conmigo en 1988, en Roma (yo no era más que una criatura de 14 años) y es ahora un barítono de prestigio, actúa como el Inquisidor en esa preciosa zarzuela. Disfruto como una niña con la puesta en escena, decididamente fantástica, y con el sesgo de fan que origina tener a un amigo entre el reparto. Por suerte, la amistad no influye en el hecho de que Fernando sea uno de los mejores barítonos del momento. Hablamos de la dureza de la vida de quien se dedica al arte, la incomprensión emocional que motiva un trabajo tan extenuante y tan gratificante. ¿Para qué la gente cuándo el trabajo resulta tan satisfactorio?
Bremen me trae duros recuerdos que exorcicé en Diabulus in Musica, y aparece, en este gris jueves, como la típica ciudad alemana, culta, envejecida y bella. Helena Cortés, la directora, es una estupenda anfitriona. El primer día leo ante los lectores alemanes. No deja de sorprenderme el afán literario de los alemanes. Llegan allí, al precioso café con baldosas blancas y negras, con lámparas modernistas, compran su bebida y me escuchan leer en un idioma que no entienden.
El siguiente día lo dedico a visitar las librerías, y la semana del libro. Esta tarde nos toca, en la antigua comisaría de policía, presentar el libro sobre las familias que el Ministerio de Trabajo editó el pasado mes de mayo. Frente a las manifestaciones de familia convencional y paternofilial muestra otros modelos, otros seres.
Mi artículo se titula Retrato de mujer con gata al fondo. Habla de mi muy disfuncional familia, 4 gatitas y una mujer soltera, y ante mi sorpresa, acude aún más gente que el día anterior. Escucho, y me humillo, ante los datos que la señora Lison, la directora de la biblioteca, me ofrece; aprendamos, de una vez, de la eficiencia alemana.
La lectura es un éxito. Si algún paisano podría pensar algo diferente, aquí acogen mi amor por los gatos y mi reivindicación de la soledad con los brazos abiertos. Me marcho a cenar con los jóvenes profesores del Cervantes: en cada uno hay una historia y muchos idiomas que me interesan. En mi cámara hay un retrato breve de la librería y algunos close ups de las familias españolas con gatos. Si parece desdibujada, no es mi culpa. Algunos fotógrafos lo han decidido así.
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En el viaje me llevo un texto fascinante (Did David Hasselhoff end the cold War?, de Emma Hartley). Imposible que una mileurista y europeísta como yo se resistiera a un título como ése, aunque mi amiga A. me dejara en la estacada en la colección de cds de El coche fantástico (es tu obsesión, no la mía, dijo, en un cruce de Harry el Sucio y Rambo, lo que no deja de ser mileurista, también...) y regreso con un libro horrendo que no deseo ni mencionar, y que abandono a su suerte en el aeropuerto de Munich. Sin embargo, como lectura de emergencia (algún día hablaré de cómo organizo mis neceseres y mis lecturas), me he llevado La conjura contra América, de P. Roth. Magnífica, aunque lamento no coincidir con JMP en su crítica. Quizás él, con su perspectiva católica, encuentre más peros a esta novela. Para mí, con mi reconocida judeofilia, es un gran experimento de ficción. Como les digo a los alumnos, ¿y si...?
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