Varios meses sin recomendaciones
y sin pausa, y no sé bien por dónde
comenzar. Quizás por los libros. Me he cansado
de recomendar El abanico de seda, de Lisa
See (Salamandra). Sin duda no lo necesitaba, ha
sido un best seller por sí mismo, pero dentro
de la acertada programación de Salamandra
es un libro-garantía, un acierto absoluto.
See, de origen chino, retoma el pánico a
los pies vendados, y una teoría de la amistad
que entusiasma a mis propias amigas.
Más estrellas de Salamandra: El Complejo
de Di, de Dai Sijie. La Mujer Justa,
Sandor Marai (recomendar a Marai es otra obviedad).
Otra
de mis editoriales predilectas, Seix Barral, publica
tres libros espléndidos. El Crimen de
la Estrella de Mar, J. O'Connor. Grande. Mis
alumnos me han maldecido (el libro se mide en centímetros)
y odiado por incluirlo en las lecturas obligatorias.
Me gustan las historias de maldad, viajes y horror.
O’Connor, cotilleo, es hermano de Sinead,
tan olvidada y tan bella con su cráneo afeitado.
Recomiendo también El País de
los Cuentacuentos, de Dario Fo, y su premio
Biblioteca Breve de este año, El séptimo
velo, de mi querido Juan Manuel de Prada. Conocía
parte del argumento por conversaciones privadas,
y estaba deseando leerlo. Las metáforas de
Prada siguen siendo majestuosas.
Publica
otro amigo dos libros con poca distancia: son Neguijón,
en Alfaguara, y Helarte de amar, en Páginas
de Espuma. El autor, Fernando Iwasaki, uno de los
mejores narradores contemporáneos con los
que contamos, creo que menos apreciado de lo debería,
comparte conmigo el amor por los gatos y por la
etimología. Cada cual, sus neuras.
Dos
espléndidos libros más, de Roca Editorial.
La Memoria de la Luz, J. Jones y Diario
de un Escándalo, Z. Hëller. Aburrida
de los tópicos del Día de la Mujer,
los dos presentan personajes femeninos coherentes
y reconfortantes.
Un
clásico, para finalizar. Ancho mar de
los Sargazos, J. Rhys, Anagrama. La pobre Antoinette
Cosway, primera esposa del tétrico señor
Rochester, gime y se arrastra hasta la locura, en
la precuela de Jane Eyre.
Yo, en este periodo de silencio, he publicado Mileuristas,
(Ariel)
El éxito ha sido enorme, cuatro ediciones
en menos de medio año. He recibido conmovedores
emails, que agradezco de todo corazón. Las
dudas que acompañan a cada análisis,
y cada visión parcial, se han visto desmentidas
por muchos de esos mensajes. Gracias.
Otra
novedad: regreso a la opinión semanal. Todos
los viernes publico columna en el periódico
ADN. Con muchos emails como reacción, también,
muchos de ellos más elogiosos de lo que merezco,
y algunos menos crueles de lo que esperaba. Qué
placer, qué dependencia la de la prensa.
Sigo
sin encontrar apenas música que me emocione.
Tras jubilar la música de primera juventud,
no sé si es que he perdido la paciencia,
o el gusto. Pocas excepciones, y muchas pérdidas
de tiempo.
Ante
mi sorpresa, uno de los grupos que se salvan, Coco
Rosie, (dos hermanas, Sierra y Blanca: www.cocorosieland.com)
es elegido como banda sonora de dos anuncios televisivos
a la vez: uno de perfume (Kenzo) y otro que justifica
las obras interminables de Madrid. Las vi hace dos
años, en el concierto de la sala El Sol,
en Madrid. Dejaron un público ansioso y entusiasmado.
Ahora son tan conocidas que es casi anticool decir
que gustan. A mí me encantan. Su último
álbum, The Adventures of Ghosthorse &
Stillborn, las traerá Madrid al Círculo
de Bellas Artes.
Mi preferida es Sierra; como yo, estudió
canto. Como a mí, le hicieron la vida imposible
las divas quiero y no puedo de la ópera.
Otra canción que escucho sin tregua es Is
it Any Wonder, de Keane.
Is it any wonder I’m tired?
Is it any wonder that I feel uptight?
Is it any wonder I don’t know what’s
right?
Oh, these days, after all the misery made,
Is it any wonder that I feel afraid?
Is it any wonder that I feel betrayed?
Alegre,
lo que se dice alegre, no, no es.
Otro
clásico recuperado, en esta ocasión
por un nada romántico envío de San
Valentín: Pippilotti Rist, su versión
de Wicked game. A su vez, un recuerdo de
Chris Isaac, revolcándose en la playa con
una irreal Helena Cristensen. Éramos muy
jóvenes y muy pre-grunge. Y el juramento
de no enamorarse se quedó en la playa. La
voz histérica de Pippilotti, asegurando que
en la vida volverá a caer en el mismo error,
aparecerá en alguno de mis cuentos antes
o después. Lo del amor, pena, es un cuento.
Descubrí
a Franco Battiato gracias a mi hermana, en el año
1985. Ese año, por Navidad, ella pidió
Ecos de danzas sufís, vinilo, y
desde entonces le he seguido, óperas y experimentos
dramáticos incluidos. No soy mitómana,
pero sí muy fiel. Por casualidad, me han
regalado un disco antiguo de Giuni Russo: Se
Fossi Più Simpatica Sarei Meno Antipatica.
Y allí aparece Strade Parallele (Aria
Siciliana), con Battiato. Intento recordar
mi italiano de la universidad.
Mientras
tanto, en febrero, viajo al Cervantes de Palermo,
con Iwasaki, precisamente. Cada nombre (Catania,
por ejemplo, lleno de vocales abiertas) me hace
regresar a las canciones de Battiato y sus males
de siroco y África. Un talento indudable
para los títulos, por cierto. El centro de
Palermo se cae a pedazos, y como no hay perrera
municipal, los perros y los gatos se hacinan en
las zonas de mercado. He visto a muchos gatitos
con rinotraqueitis. Qué lástima
Las
obras me persiguen; bajo mi casa, frente a mi casa,
en cada hotel, incluso en Palermo, basta que yo
pase por allí para que aparezca un martillo
hidráulico y un obrero seguidor de Bisbal.
A estas alturas odio a los obreros, y de Bisbal,
pobre, qué culpa tendrá, ni hablamos.
De día escapo de mi casa, y trabajo de noche.
Envejezco a ojos vista, y me duermo por los rincones.
Nada
ha superado, de todas maneras, el viaje a Mathausen
de finales de verano. Era un viejo sueño.
Quería visitar varios campos de exterminio,
pero Mathausen, por su historia, parecía
el punto de partida ideal. A., que comparte un proyecto
similar, se muere de envidia. Ella ha comenzado
por la zona occidental, Normandía y Holanda.
Lamentable el abandono del Gobierno a la memoria
histórica. Judíos aparte, la comunidad
española fue la que más pérdidas
sufrió en la tranquila región austríaca.
El día es espléndido, y eso acentúa
los horrores.
La escalera. Ha sido pulida y reducida. Yo, que
no soy deportista, pierdo un poco el aliento cuando
llego arriba, y pienso en la perversidad de los
responsables del exterminio. De esas escaleras hicieron
una herramienta letal. Soltaban a los perros, que
arrancaban pedazos de carne de los prisioneros.
Al correr, se tropezaban y desnucaban. Esas mismas
escaleras rodeadas de moras y zarzas. Una astilla
en el zueco bastaba para matar de septicemia.
Algunas mujeres, en los ratos libres, cosían
pequeños detalles para los niños y
para las amigas que hacían. Se conservan,
tan conmovedores que sólo se salvan de la
cursilería porque aquello ocurrió
y fue real. Imposible contarlo.
En Octubre llega de nuevo el Planeta. Hace ya
siete años. Sigo siendo la ganadora más
joven. Los hermanos Ailanto, y la encantadora
Almudena de Arteaga hacen que la cena sea menos
aburrida de lo temido. Pombo y Marta Rivera de
la Cruz, honesta, sencilla y talentosa, convierten
el premio en una alegría.
Cada vez visito con menos frecuencia Bilbao.
Como comienzo mi doctorado en la Universidad Autónoma,
aprovecho para reclamar los certificados que nunca
pedí en Deusto. Su ribera sigue siendo
la zona que más me gusta, con su nave espacial
de titanio y la promesa del mar. Hubo un tiempo
en el que los delfines que seguían a los
pescadores llegaban hasta esa zona de la ría.
Ahora hay una araña metálica.
Noviembre me trae un viaje a Ginebra para entrevistar
a la tristísima Nicole Kidman.
Diciembre, otro a Venecia. No me harto de esa
ciudad. Sus colores no son reales. Como Padua
o Verona, parece hecha a propósito en el
pasado para impresionar en el presente. Hizo buen
tiempo, también, y el agua parecía
de verano. Compré cristal y libros viejos,
y me harté de hacer fotografías
de mosaicos.
El último viaje ha sido a Estiria, en
el sur de Austria. Fueron unas vacaciones breves,
en un balneario termal rodeado de campos de calabazas,
donde todo estaba hecho con semillas de calabaza:
incluso el pollo rebozado lo estaba con pipas
de calabaza. Por todas partes crecían los
narcisos...
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