El
lunes acudo a la presentación del libro
Alimentación emocional (Grijalbo),
que ha escrito la psicoanalista Isabel Menéndez.
Isabel me entrevistó hace dos años
para Mujer de Hoy; me pareció entonces
inteligente, cercana y cariñosa, y la presentación
refuerza esa impresión. Siento mucha curiosidad
por su libro, y me complace que cada vez el enfoque
de más libros vincule la emoción
y los conflictos a la relación con la comida.
El martes retomo la segunda
parte del curso. Quedo luego para charlar con
Marta Sanz, tenemos un curso más largo
y ambicioso entre manos, y ella, Iwasaki, Garcés
y de Prada (y Pilarita Adón) son mi coetáneos
más queridos, más generosos, y de
los que más aprendo (me dejo a alguien.
Me arrepentiré antes o después de
esta incompleta muestra de cariño). Esta
semana apenas encuentro tiempo para leer, tengo
tantos ejercicios pendientes de dos cursos distintos
que mis alumnos son mis únicos autores.
Generalmente, tomo algo con ellos el último
día de clase, que sería el jueves,
pero hay una reunión de vecinos convocada,
y como presidenta y pringada oficial, mi asistencia
es obligatoria, de manera que el miércoles,
tras las lecciones, salimos de tapas y a tomar
alguna copa, que luego son más y que se
prolongan hasta las dos y media. No me canso de
insistir, el alcoholismo es una enfermedad laboral
en mi gremio.
No sé para qué
el cambio, el jueves, cuando termina el curso,
espero durante una hora a que algún vecino
se presente. El administrador y yo fantaseamos
con ganar la lotería y olvidarnos de la
propiedad horizontal (risa demente). Cuando se
hace evidente que nadie va a venir, pasito tras
pasito, regreso a casa, continúo con las
correcciones de mis alumnos, y mañana será
otro día.
El viernes como con A y otra
amiga en el Fast Good de Juan Bravo (www.fast-good.com).
El concepto de Adriá de la comida rápida
me interesó mucho cuando abrió este
local, pero no había sacado tiempo para
acercarme. El local resulta un poco frío,
pero es silencioso y de buen gusto, e incluye
una tienda de productos. La comida ofrece una
variedad magnífica de ensaladas (sabrosas,
abundantes) y sándwiches, casi todo sin
cebolla (¡bien! Soy alérgica): el
precio de los sandwichitos y los zumos nos parece
excesivo. Luego, comparado con otros lugares de
fast-food, el plus de los ingredientes y la originalidad,
no lo veo tan desmedido. Asumimos con facilidad
los precios de las cadenas de hamburgueserías,
completamente injustos, o de los bocadillos de
madrugada. ¿Por una alimentación
sana, u orgánica, no?
El error que encuentro es otro: el etiquetado
es insuficiente. Los productos no incluyen lista
de ingredientes (los estantes sí) ni el
porcentaje de grasas, hidratos, azúcares…
tampoco las calorías. En nombre de los
alérgicos, diabéticos, celíacos
y demás indefensos del mundo, les atizo
una reclamación. Si yo fuera mis amigas,
estaría hasta el moño de mí
y mis reclamaciones, pero A. denunció ayer
una incoherencia de tallaje en una tienda y se
quedó tan ancha y hoy añade otra.
Consumidores al poder.
Madrid Felina (www.madridfelina.com)
muestra hoy sus cachorritos en adopción
en una tienda de animales. Me acercó allí
con A, entrevista para El mundo, para Madrid Directo…
Parece que las adopciones y las reservas se suceden.
Falta les hace, tienen unos 70 cachorritos. algunos
tan lindos como estas tres gatitas: Vanesa, Rumba
y Soleá. Las cuida Encarni, la misma chica
adorable que sacó adelante a mi gata la
tercera.
Pueden dirigirse al 628111239/ 639134455 (Teresa/Susana)
o a adopciones@madridfelina.com
Gata (www.gataweb.com)
también necesita adopciones y casas de
acogida para dar salida a los cachorritos que
recogen y que nacen. A. aguanta el tiempo que
puede, hasta que se le desencadena la alergia,
pobre. Yo juego con algunos, y me despido con
pena de ellos. No veo la hora de ser de nuevo
casa de acogida.
El sábado, Carmen Posadas
en Te doy mi palabra (www.ondacero.com),
y Gil Calvo, que habla de la desviación
del maquiavelismo en España. Muy interesante,
explica la obsesión nacional por la envidia
y el mal ajeno. De la emisora salgo propulsada
al aeropuerto (hoy vuelo a Viena). Podría
haberme ahorrado la prisa. Tras dos horas de espera,
lectura entusiasmada del libro de Gil Calvo (Máscaras
masculinas), silencio de AirFrance, y promesa
de que mi enlace en París está asegurado,
(para no defraudar a mis amigas, denuncio la falta
de personal y de explicaciones en la T1), el vuelo
sale tan tarde que (¿cómo puede
ser? Me lo prometieron: risa demente) pierdo la
conexión. No fue por no intentarlo, mi
troley, mis sandalias y yo corrimos por todo De
Gaulle, posiblemente no como alegoría de
la gracilidad, pero con una premura digna de mejor
causa. Me cambian el billete. Son muy amables.
Estoy demasiado cansada para denunciar, pero al
menos, protesto. Pido tiritas (la velocidad tiene
un precio). Miro con hostilidad las delicatessen
francesas (muchísimo champagne rosé,
el jueves Veuvet Clicquot organiza una fiesta
rosé a la que no quiero faltar), y me vengo
del sistema como una adolescente, abusando de
todas las muestras de perfume de la Duty Free.
Algún día todas las aerolíneas
pagaran sus mentiras constantes a los viajeros.
Yo no lo veré, pero lo hará, oh,
sí. Risa demente.
Nada, nada, nada durante todo
el domingo. La vagancia, qué placer…
por la noche, cena en el City Thay (www.echo-citythai.cc),
junto al Canal del Danubio. Me emociono con el
picante; luego me arrepiento, pero ya es tarde.
De regreso a casa, un hombre da vueltas al bloque
con un fusil bajo el brazo. Al cabo de un rato,
un coche de policía, con las luces apagadas,
aparece. Regresa el hombre cuando ellos se han
ido. Antes de dormir, escucho el sonido de un
helicóptero. Misterio. |