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Semana del 12 al 18 de Junio

Regreso de París aún aturdida por el triunfo de Nadal (me impresionó el caos que le rodeaba, y la manera casi profesional en la que lograba mantener su propio mundo, no miraba a los ojos directamente, y en cuando tenía dos minutos libres se aislaba con su magnífico móvil... y sin embargo, transmitía una fuerza inmensa, y una inocencia, una ingenuidad, confirmada en su blog de El Mundo, conmovedora) y me encuentro, sin salir del avión, con la columna de Umbral "Violencia de género". Si no fuera una pérdida de tiempo, me indignaría; pero por lo repetida, esa furia no sirve de nada. Umbral, machista, gastado e inmerso en un prestigio falso e inamovible, no cambiará por mi rabia ante su machismo, su falsa originalidad y su marchita reputación. Correspondería a otros silenciarlo. Mientras tanto, sus columnas insultan a las mujeres, y desprecian a los varones.
El martes comienzo mi nuevo taller. Como siempre, hay una mezcla de cansancio y de emoción. Los alumnos muestran unas carencias no demasiado complejas en lo que se refiere a forma. A la ideología de autor, a lo que convierte a un grafómano en un escritor, he de dedicarle mucho más tiempo. Y sin ninguna garantía de éxito.
Derriban el mercado de Torrijos, tan cercano a mi casa. La especulación termina con una frutería en la que me conocían, y con la que había establecido un pacto de cerezas y visitas, y marca una disparatada carrera de precios en la zona. No soy muy optimista, no...
El miércoles Yo Dona cumple un año. El discurso de una de las premiadas con el Yo Dona internacional, Lidia Cacho, resulta magnífico. Hacía tiempo que no escuchaba a nadie hablar con tanta claridad, y ante tanta gente. Qué lástima que al día siguiente sean nuestros vestidos los que llamen la atención (mis preferidas fueron Carla Royo, con sus preciosas sandalias cuajadas de mariposas) e Inma Shara, la otra premiada, un calco perfecto de Ainhoa Arteta, y como ella, esbelta y con un marcado amor por los tonos neutros), y no la defensa de las minorías, necesaria y urgente. Lidia, una francesa mexicana hermosa y firme, estaba rodeada de amigas comunes, Cristina del Valle y Nuria Varela. Por lo tanto, para mí, hubo poca frivolidad, y sí una alegría sincera por el éxito de una revista a la que he dedicado emoción, tiempo y ganas.
Leo menos de lo que desearía, las correcciones de los alumnos y la preparación del curso que viene me roban mucho tiempo, y las tormentas y el calor me agotan. Termino "Metáforas de la lectura", de Víctor Moreno, un auténtico descubrimiento, y quiero encontrar, sea como sea, la biografía de la Plisetskaya. Todas mis lecturas atrasadas me llaman desde el mueble en el que esperan, y las aparto con una mano. Demasiado libro, y poco tiempo para dedicárselo.
A. ha terminado "El polizón de Ulises", de Gamboa, y me lo ha devuelto. No le ha entusiasmado. Lo comentamos mientras tomamos algo en la plaza de Santa Ana, después de asistir, el viernes, al I Certámen de Publicidad Creativa. Me ha supuesto una pequeña decepción. Publicidad y creación en la misma frase me prometían expectativas que no se han cumplido. Mientras cenábamos, un mendigo se acercó a pedir dinero. Nos insultó con mucha violencia cuando no se lo dimos. Me sentí más indignada de lo que debería, y totalmente indefensa. Me hubiera gustado ser más agresiva, o haberme defendido mejor. Un momento después, otro de los clientes de la terraza, insultado también, atacó al mendigo, y lo arrojó al suelo. Entonces, me pudo la pena. Ojalá hubiera podido evitar las dos cosas, mi malestar por el insulto, y el ataque al mendigo. Era maleducado y violento, había golpeado una cabina de teléfonos como un loco para robar el dinero, nos había llamado de todo sólo por sentarnos en una mesa y existir. Pero pese a todo, me dio pena.
El sábado M. viene a verme, y saco entradas para el Real: Hamlet. La Ofelia me decepciona (la actriz es linda, pero exagerada, la ingenuidad de Ofelia es otra cosa, más matizada, menos enfática, con menos contraste con su locura, creo yo, un espejo de la otra locura) pero Eduard Fernández me gusta, sobre todo por lo bien que refleja la parte humorística, las contradicciones de un príncipe malcriado, y la emoción con la obra (parezco una madre orgullosa, casi recito en susurros la obra) permanece. Aún así, me decepciona la desviación final. Shakespeare no necesita enmiendas. En fin, es lo que tiene ser purista. Salgo con la cabeza llena de Shakespeare, con M. comento las distintas versiones (su favorita es la de Kenneth Branagh, obviamente), y sólo quiero organizar algo sobre Macbeth y sobre Hamlet, y sobre Otelo, y sobre...
El domingo se marcha M. Continuamos hablando de teatro, de Shakespeare y de cómo enseñar historia del teatro. Hay tanto por hacer, y tan poco tiempo por hacerlo... Termino el diario de Petr Ginz. Qué pena terrible, qué talento truncado. Algunos lo comparan al de Ana Frank. Yo le encuentro más similitude a las memorias de Tivador Soros, con la diferencia de que Soros sobrevivió e hizo fortuna. Pero ese aire cotidiano, esa manera casi descuidada de reflejar la realidad es parecida.
En homenaje al Mundial, y a mi obsesión por la Segunda Guerra Mundial, que ha reverdecido (otra vez... no sé a dónde va a conducirme) veo por la tarde "Evasión o victoria". Disfruto como cuando era cría. Qué pelos, qué mala estética, qué chulería (la de Von Sylow, la de Caine, la de Stallone no la voy a mencionar, por obvia). Hace relativamente poco descubrí que en realidad hablábamos del FC Start (en realidad, el Dynamo de Kiev) , y de una Luffwaffe poco resignada a perder. La película merece poco la pena, salvo la nostalgia, pero imagino a ese Alexei Klimenko inconsciente durante minutos por una patada en la cabeza, y luego torturado, y todo cobra otra dimensión. Vuelvo a Shakespeare, y me apetece ver de nuevo "El mercader de Venecia".

 

© Espido Freire 2005