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Primavera de 2009 (I)

Mientras hago limpieza de trastos me encuentro con una postal que me envío mi padre cuando cumplí los cinco años, Caperucita, un mensaje muy tierno y el consejo de que fuera buena. Hasta la fecha, he sido buenísima.

El año comienza con nieves. Me pillan en la estación de Atocha, aterida, a punto de marcharme a Petrel. Todo Madrid embellecido por el blanco, ralentizado por el frío. Aprecio la energía del frío, pero teniendo en cuenta lo mal que me encuentro agradecería hasta el infinito el que este maravilloso país supiera cómo reaccionar ante una helada previsible.

No soy la que fui con el cabello cortado. No me conocen porteros ni periodistas, y es divertido jugar al desconcierto. Nunca pensé que mi apariencia condicionara tanto.

Durante unos días de enero me marcho a Marruecos, de la mano de la Fundación Caballero Bonald. Me encantan los mercados, y en Tánger aún se mantienen vivos, con frutas irregulares y sabrosas.

Esta ciudad verde y blanca, de laberintos ocasionales, mantiene las costumbres y los olores de la España de mi infancia.

En un paseo hacia la necrópolis vemos las tumbas de los hombres sabios, los que merecieron respeto por su sabiduría y su conocimiento. Está muy cerca del barrio de los curtidores, con sus líquidos insalubres y sus pieles malolientes, y la sensación es muy ambivalente.

Los gatos de la ciudad son respetados y están mimados, con el pelaje reluciente y una expresión de confianza. Están por todas partes.

En el restaurante en el que comemos, un rubito se encapricha conmigo y con mi collar. Tras un breve espacio de coqueteo, el romance es mutuo y me entrego. Es muy joven y muy juguetón, qué le voy a hacer. Nuestro amor está condenado a una veleidad felina.

© Espido Freire 2005