Introducción
¿Qué
es un joven?
Las
dificultades que surgen cuando se intenta analizar
el fenómeno de los mileuristas se multiplican
con cada nuevo paso. Una de ellas, no la menor,
consiste en que hablamos de una población
joven y cambiante, a la que se somete a un estudio
sincrónico: como si abriéramos un
tajo en la sociedad con un cuchillo, e intentáramos
descifrar qué mensaje se oculta en su interior,
y lo que encontráramos fuera mantequilla
caliente que permite una cuchillada fácil,
pero que se derrite, fluye y cambia.
El Injuve, el Instituto de la Juventud
que depende del Ministerio de Trabajo y Asuntos
Sociales, habla de una franja de edad entre los
16 años (adolescentes) y los 35 (claramente
adultos). El último Informe Juventud en
España data del año 2004, aunque
cada año el Injuve procura actualizarlo
con una serie de sondeos anuales, que comenzaron
en el año 2001; esos Informes se ocupan
tanto del análisis de los jóvenes
sobre su realidad (la llamada percepción
generacional) como de sus preocupaciones y se
centran en las opiniones de 5000 personas de ambos
sexos entre los 15 y los 29 años.
El censo del año 2001 indicaba
que los jóvenes entre esas edades suponen
el 22,4% de la población española:
9.149.511 personas, de las cuales 3.500.248 tienen
entre 25 y 29 años. Producto del Baby Boom,
esos jóvenes, nacidos en los años
70, forman parte de los incluidos en este ensayo.
Uno de cada veinte de esos jóvenes es extranjero
o inmigrante.
Las conclusiones del Informe Juventud
2004 eran contundentes: un 75% de esos jóvenes
no habían conseguido la independencia económica
de su familia, y muchos de ellos consideraban
esa independencia como transitoria, y lo que era
aún peor, reversible, ya que en caso de
pérdidas económicas o de separaciones
afectivas, muchos de ellos necesitaban de sus
padres, con los que por lo general vivían,
de todas maneras. El regreso al hogar paterno,
sobre todo en el caso de los hijos varones, podía
producirse en cualquier momento. Como consecuencia,
la familia se había transformado en un
espacio compartido y negociado: se pactaban los
límites y se intentaba respetar la independencia
de padres e hijos.
Menos de la mitad (un 48%) había
conseguido un contrato estable. La tasa de paro
juvenil doblaba la cifra del adulto, y alcanzaba
su cota más alta entre las mujeres. Los
varones ganaban de media unos 784,7 € mensuales.
Las mujeres, un vergonzoso 27% menos, 573 €.
Sin embargo, por desalentadoras
que resultaran esas cifras, mejoraban las dadas
en el anterior Informe 2000; cuatro años
antes, sólo un quinto de los jóvenes
había conseguido la autonomía económica.
Por otro lado, dadas las circunstancias familiares
y de formación españolas, tanto
la emancipación como la independencia económica
sólo puede plantearse a partir de los 20
años, en la inmensa mayoría de los
casos, y por lo tanto, los sueldos y las becas
de los adolescentes o de los estudiantes con empleos
a media jornada sesgaban estos datos. Aún
así, se establecía que casi la mitad
de los jóvenes de 25-29 años no
tenían ingresos suficientes para cubrir
todos sus gastos. Ello nos lleva a plantearnos
cuáles eran esos gastos, y a cuánto
ascendían. El sueño consumista de
la franja de edad más joven se reducía
a comprarse una moto y viajar. Entre los mayores,
una casa propia, y viajar, también. Pocos
de ellos habían cumplido esos objetivos.
Mientras los conseguían, salían
de copas (el 60% de ellos confesaba consumir alcohol
de manera habitual), se encontraban con amigos,
iban al cine, dedicaban unas nueve horas semanales
a Internet, y nueve de cada diez poseía
un teléfono móvil al que intentaba
sacar el máximo provecho. Se consideraba
que gozaban de entre 25 a 40 horas semanales libres
(las mujeres, dos menos, de promedio). Leían
unos cuatro libros al año.
El estudio ofrecía cifras
que permitían creer en su optimismo y su
grado relativamente alto de satisfacción:
aunque con una tibieza sorprendente hacia las
preocupaciones vitales (se confesaban prácticos
y con intereses inmediatos), daban gran importancia
a sus relaciones personales, se sentían
más vinculados con su pueblo y su ciudad
que con un nacionalismo autonómico, y entablaban
relaciones sexuales a partir de los 17 años
(los varones) o de los 18 (las mujeres).
Limitados pero contentos, podría
ser la conclusión más palmaria del
Estudio. Y sin embargo, cuando los resultados
fueron publicados, cada uno de los foros que recogieron
los datos, cada una de las conversaciones que
comentaban los porcentajes ardían con información
contradictoria, y con exclamaciones indignadas.
Los jóvenes consideraban esos datos optimistas,
y falseados: ni el tiempo de ocio, ni los salarios,
ni el grado de satisfacción se daba por
válido. Se quejaban de haber sido estereotipados,
de enfrentarse a una nueva imposición generalizadora.
Por un lado, unos lamentaban la injusticia de
esa realidad, la poca ayuda recibida por los adultos
y la situación económica. Por otro,
muchos de ellos, con una visión más
conservadora, venían a decir que si esa
situación continuaba se debía a
la actitud acomodaticia, egoísta y complaciente
de sus compañeros de generación.
La opinión general de los
primeros se resumía en que tras varios
años de estudio de una carrera, era injusto
que se obtuviera a cambio un sueldo por debajo
de los 600 €, con contrato temporal. Se negaban
a trabajar jornadas extenuantes, y días
festivos, que veían como un retroceso de
los derechos laborales, y como una pérdida
de oportunidades de ocio y de conseguir relaciones
sexuales. Preferían trabajar para vivir,
y no vivir para trabajar.
La de los segundos podía
plasmarse en: los jóvenes quieren independizarse,
pero sólo con trabajos bien considerados
y remunerados. Rechazan trabajos porque los horarios
no son acordes con su estilo de vida, o no son
valorados socialmente, aunque reciban un buen
sueldo, y les permitan independizarse. En resumen,
saben lo que quieren, pero no hacen lo suficiente
por conseguirlo y responsabilizan a otros del
problema.
Por esas mismas fechas, la Federación
de Usuarios-Consumidores Independientes (FUCI)
hacía público un informe según
el cual los jóvenes españoles de
once regiones españolas necesitaban dedicar
una media de 11 años de salario íntegro
para financiar la compra de una vivienda. En el
caso de Madrid, aumentaba a 18 años de
salario. Íntegro. Euro a euro. Eso obligaba
a contratar hipotecas a 40 años, que comprometieran
el 60% de su salario mensual. (88% en el caso
de Madrid; incluso aunque se contemplaba que el
sueldo madrileño es un 10% superior a la
media. Claro, que eso suponía entre 60
y 70€ más, lo que movía un
poco a risa. Si se trataba de una pareja, el porcentaje
descendía al 56% del salario).
Ésas eran las cifras
que se barajaban oficialmente. Y sin embargo,
las cifras no hablaban con la suficiente claridad,
ni analizaban excepciones; si bien se detenían
en el corte, no analizaban los dibujos caprichosos
de la mantequilla. A falta de datos fiables, en
mitad de un proceso dinámico de evolución,
era preciso recurrir a Internet, (foros, blogs,
páginas web), a publicaciones independientes,
a experiencias personales. La calle reforzaba
o negaba lo que los estudios indicaban, pero sobre
todo, se dividía entre insatisfechos y
conservadores, pasivos y emprendedores que pretendían
ofrecer una solución efectiva para los
conflictos de la juventud española.
Ninguno de los estudios interpretaba
tampoco qué ocurría en especial
con ese sector de la juventud menos adolescente,
que servía de bisagra entre los coletazos
de la pubertad y la primera madurez que había
atraído tanto la atención durante
los últimos años: los jóvenes
que en el verano de 2005 Carolina Alguacil definió
como mileuristas.
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