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The end:
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El Monstruo de Sangre
Capítulo V


Ahora mis paseos son tranquilos y nunca hablaría con nadie de mis impulsos y mis deseos de muerte; de cómo durante meses despertaba por la noche creyendo desangrarme, como aquella vez ocurrió, en una inconsciencia pegajosa, oyendo entre sueños hablar al médico y haciendo esfuerzos sobrehumanos por levantar mi cabeza de la esquina esmaltada de la bañera mientras me arrancaban aquel monstruo que se alimentaba de mí, de mis ideas y mi cabeza y que quería arrebatarme, envuelto en mi sangre.

Pero la claridad aleja las pesadillas viejas, y la tarde invita, alentadora, a los planes, con el resol que repica contra la ventana del comedor, sobre la traducción a medias que entregaré mañana. La última, ya, espero, por más que el jefe se disculpe y suplique, y el jilguero se columpia y trina sospechándolo.

¿Qué puedes entender? Tú no estabas el día en que desperté temprano porque por la ventana se colaba ruido. Me asomé y vi cómo los alemanes metían las maletas en el autobús, cómo su responsable pasaba lista y los estudiantes iban ocupando los asientos al oírse nombrar. Durante cuatro meses habían sido visibles por la calle y las playas, con un acento que mejoraba de semana en semana. En las clases en las que yo enseñaba se mostraban aplicados y dignos, y fingían ignorar el interés que despertaban.

Yo comenzaba a sospechar que algo escarbaba en mí, que aquel monstruo huidizo y cruel que me ensombrecía el ánimo, que susurraba palabras odiosas a mi oído ya anidaba en mi sangre y pugnaba por salir, pero los niños lo mantuvieron alejado. Admiraban el trazado de los jardines y la música de los cafés, y dependían de mí para entender las cosas. Aquel sentimiento nuevo parecía eterno, aquella mujer era la que yo quería ser, amable y suave, y responsable, y querida por aquellos alumnos que me envolvían y me necesitaba. Nunca creí realmente que llegara el momento en el que los vería marchar desde la ventana, con el edredón contra mi pecho y una mano en la boca. Llenaron el autobús, su responsable hojeó por vez última sus papeles y dio la orden de partida.

La calle se quedó desolada y enorme, más indistinguible que nunca y cubierta con restos de hojas. Yo me apoyé en la repisa que luego tendría malvas secas rodeándome el estómago con las manos y sin aire para gritar. Vi cómo mis sueños se despedazaban a cada vuelta de las ruedas y cómo el verano y mi euforia, mi alegría y mi vida se me quedaban en los labios como hojas marchitas. Y supe que estaba nuevamente sola.

El tiempo pasa y nacen nuevas hojas, pero las ilusiones no reverdecen. He intentando triunfar sobre la angustia, sobre la locura y la desesperación, pero la esperanza de vencer desapareció muy pronto. Hoy la tarde se ha presentado soleada y he encontrado tu dirección, ahora manchada de mantequilla. Vuelve a dolerme la cabeza, como creo que no dejará ya nunca de dolerme, y mientras todas las viejas ideas, las ideas conocidas, la bañera súbitamente teñida de rojo, las cuchillas reservadas en el fondo del armario, me rodeaban y se posaban en mis hombros me he dicho, he pensado, que debía irme, que debía escribirte, que debía escribirte, que debía irme

 

© Espido Freire 2005