The end:
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- Codicia
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- Hambre
- Otra vez
- La Niña
- Pago tardío
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El Monstruo de Sangre:
- Capítulo I
- Capítulo II
- Capítulo III
- Capítulo IV
- Capítulo V

Revista 5 Magazine
Defensa de la fantasía
The Maiden of the Shield

Revista Diva



El Monstruo de Sangre
Capítulo IV


Pero es que yo quería marcharme, Veleta, y no aprender otra lengua. Quería desvanecerme con algo bonito, como cuando tu sobrina trajo malvas y reseda y durante tres días se vieron sus colores por mi cuarto, el que fue nuestro cuarto; aunque ya sabía cómo acabaría, la repisa llena de hojitas y el agua corrompida. No llegué a verlas así. Entonces fue la primera vez que me encontraron en la bañera.
Continúa igual la calle. Hay flores, porque ha hecho un otoño de sol. Cuando los alemanes estaban aquí los jardines caracoleaban de azul, rosa y blanco. Ahora hay hiedras rojizas. Los hindúes cerraron el restaurante y se sumergieron en donde habían salido. Cerraron también la barbería y la esquina parece más triste. El autobús sigue parando frente a casa.

Poco más. Voy en tren para entregar el trabajo a la ciudad, dos veces por semana, a mi jefe ogro de niñas, pero al menos no regreso hasta la tarde, y me alegro, porque parece como si todo el pueblo supiera lo que pasó y ya no quiero vivir aquí. Y en la ciudad más gente mira a su alrededor aterrados ante el mundo y su mentira, una mentira grande y sucia y pegajosa, y hay mentirosos patológicos a los que nadie trata mal en las calles. En Alemania serán más claras y abovedadas ¿verdad?, más frías y menos asfixiantes, y nadie comentará en el salón lo mucho que yo prometía, y cómo debí sufrir, y el valor que se precisaba para someter la muñecas a agujas carniceras, el dolor de mi familia y la preocupación de todos. Nadie sabría nada, el mejor modo de inventar un pasado digno.


No te envidio, Veleta, aunque creí que sí, y que se me había sacrificado por ti. Hubiera querido algo de lo tuyo, una familia propia al menos, no el continuo vivir de prestado en una casa ajena, pero tu prima no es tan estúpida como creíste, ni tan mala como ella creyó; porque llegué a creerme mala, y cuando peor me encontraba gritaba barbaridades, apretaba los puños hasta dolerme los dedos para no golpear en la cara a tu hermana, o para no acudir luego a las píldoras caducadas de mi cajón.

 

© Espido Freire 2005