El
Monstruo de Sangre
Capítulo
IV |
Pero es que yo quería
marcharme, Veleta, y no aprender otra lengua. Quería
desvanecerme con algo bonito, como cuando tu sobrina
trajo malvas y reseda y durante tres días se
vieron sus colores por mi cuarto, el que fue nuestro
cuarto; aunque ya sabía cómo acabaría,
la repisa llena de hojitas y el agua corrompida. No
llegué a verlas así. Entonces fue la
primera vez que me encontraron en la bañera.
Continúa igual la calle. Hay flores, porque
ha hecho un otoño de sol. Cuando los alemanes
estaban aquí los jardines caracoleaban de azul,
rosa y blanco. Ahora hay hiedras rojizas. Los hindúes
cerraron el restaurante y se sumergieron en donde habían
salido. Cerraron también la barbería
y la esquina parece más triste. El autobús
sigue parando frente a casa.
Poco más. Voy en tren para entregar el trabajo
a la ciudad, dos veces por semana, a mi jefe ogro de
niñas, pero al menos no regreso hasta la tarde,
y me alegro, porque parece como si todo el pueblo supiera
lo que pasó y ya no quiero vivir aquí.
Y en la ciudad más gente mira a su alrededor
aterrados ante el mundo y su mentira, una mentira grande
y sucia y pegajosa, y hay mentirosos patológicos
a los que nadie trata mal en las calles. En Alemania
serán más claras y abovedadas ¿verdad?,
más frías y menos asfixiantes, y nadie
comentará en el salón lo mucho que yo
prometía, y cómo debí sufrir,
y el valor que se precisaba para someter la muñecas
a agujas carniceras, el dolor de mi familia y la preocupación
de todos. Nadie sabría nada, el mejor modo de
inventar un pasado digno.
No te envidio, Veleta, aunque creí que sí,
y que se me había sacrificado por ti. Hubiera
querido algo de lo tuyo, una familia propia al menos,
no el continuo vivir de prestado en una casa ajena,
pero tu prima no es tan estúpida como creíste,
ni tan mala como ella creyó; porque llegué a
creerme mala, y cuando peor me encontraba gritaba barbaridades,
apretaba los puños hasta dolerme los dedos para
no golpear en la cara a tu hermana, o para no acudir
luego a las píldoras caducadas de mi cajón.
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