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The end:
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El Monstruo de Sangre
Capítulo III


Veleta, vivir es muy difícil. Se descubre el miedo a ser un mueble viejo, o lo que es peor, feo, o peor, inservible. Tú y yo reíamos y nos divertíamos, pero ya no vivo contigo, y cada vez se nos hace más difícil hablar, y te contaré menos cosas, y un día te casarás y tras la invitación seremos dos parientes que compartieron habitación y aprendieron a bailar juntas con el tocadiscos, con cuidado, para que no se saltara la aguja, delante del espejo.

La distancia nos aleja como a barcos naufragados, y ya ni siquiera estabas aquí cuando la sombra negra me cubrió, cuando la depresión empezaba a fermentar, ni cuando la realidad comenzó a desdibujarse y a convertirse en recuerdo, como ya lo eres tú. Creo que lo prefiero así. Me disgustaría que tuvieses de mí, como última imagen, la de mis noches de insomnio, dando vueltas en la cama y pensando en qué sería de mí. No. Las cosas se han hecho bien. Así recordaré tus mariposas en los cuadros claros, recordarás mis discos en la habitación con el espejo y se acabó.
Déjame decirte que estuve internada cuatro meses y que ha pasado el tiempo, pero que aún sueño con viajes a Alemania. Aún creo que podrá recuperarme y aferrar la vida normal por el cuello, como hacen los demás. Cuando hay algo que late y aprieta es que duele el corazón. Sigo durmiendo en la habitación con la ventana que cae sobre la calle. Sólo que no tengo espejo. Tu hermana lo retiró, escondió los cuchillos, las agujas, cualquier cosa que me permitiera herirme. Sin embargo, aún me respeta lo suficiente como para no registrar el fondo del armario, el hueco junto a la pared con mis vestidos de verano, algunas cartas de cuando era jovencita, alguna foto perdida.

En el armario encontré tus expositores y volví a colgarlos, altos para que tus sobrinos no los alcancen. Traté de rodearme de cosas y forré todos mis libros y me harté de adornar cajas mientras tu hermana me insinuaba que desaprovechaba mi tiempo al no emplearlo en otro idioma, como gritaba de vez en cuando la boca de bulldog de mi jefe.

 

© Espido Freire 2005