El
Monstruo de Sangre
Capítulo
II |
Y sí, debería
trabajar y conservar mi empleo. Pero la tarde tiene
tanto sol, y ya en noviembre vendrán tan pocas
así, que la traducción me induce al bostezo
con sólo pensarla, y allí quedará,
manchada con la mantequilla del desayuno, si ha habido
suerte. Porque Veleta, tus sobrinos no aprenderán
jamás a comer sin dejar huellas de miel y leche
vertida, y hay pocas cosas que me entusiasmen más
que irritar a mi jefe de mandíbula apretada,
al menos mientras no queda cerca su tse, tse, tse de
abejorro impertinente, y se me entibian los ojos con
un sol que es seguramente el mismo que arañaba
de firme en Julio, cuando llegaron los alemanes.
Si yo fuera romántica les añoraría,
si fuera estúpida lloraría por mí,
si fuese práctica olvidaría el pasado.
No soy romántica, demostré que no era
práctica cuando ni siquiera pensé que
la alegría era la emoción propia de un
verano, y prefiero no pensar sobre estupidez. Soy una
araña que se abre paso con uñas y dientes
entre hilos de escenas vividas y nota que se enreda.
No salgo mucho tampoco; lo justo para no permitirme
olvidar la cara barbuda del jefe, y cuando tu hermana
me pide que lleve el coche para las compras mayores.
A veces se me agolpa demasiado algo oscuro por la nuca
y los lagrimales, y suelto la pluma y paseo cerca de
la playa, a la bofetada brusca del viento al llegar
al puerto. En las tardes claras se alcanza hasta la
isla. Hasta allí llevábamos a los niños,
los alemanes y los de nuestro colegio, cuando yo aún
trabajaba allí, para buscar huellas de reptiles
y encontrar entre nosotros caminos comunes y miradas
sin gastar
Cuando entro en casa vuelvo a llorar, y el resto de
la noche tu hermana me anima para que deje el sillón
frente a la televisión y me prohibe el paso
a la nevera. Pude haber seguido así, ya lo sé,
sin desesperaciones, tan sólo aceptando que
luchar contra los días era un hábito
extendido entre los seres humanos, y que las ilusiones
estallan como pompas de jabón; aceptando que
a veces la verdad es parda y pobre, y que cuando las
cajas se adornan son más bonitashora me divierte pensar en que fui yo
la que más empeño tuve en conseguir los
intercambios con los alemanes. Me carteé con ellos,
para lograrlo, durante casi tres meses
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