The end:
- Verde viento
- Difuntos
- Más pesquisas
- Corazón roto
- Comunicación aérea
- Lectores curiosos
- Hengelo
- Apologías varias
- Patios vacíos
- Infamias
- Seamos líderes
- Una reflexión
- Esa autoestima

- Otra corbata
- Malas notas
- Anuncios atrasados
- Leche derramada
- Mi lucha
- Los otros
- Turistas y viajeros
- Un hijo
- Certeza y evidencia
- El guardián
- Patata y fuego

El Monstruo de Sangre:
- Capítulo I
- Capítulo II
- Capítulo III
- Capítulo IV
- Capítulo V

El Monstruo de Sangre
Capítulo II


Y sí, debería trabajar y conservar mi empleo. Pero la tarde tiene tanto sol, y ya en noviembre vendrán tan pocas así, que la traducción me induce al bostezo con sólo pensarla, y allí quedará, manchada con la mantequilla del desayuno, si ha habido suerte. Porque Veleta, tus sobrinos no aprenderán jamás a comer sin dejar huellas de miel y leche vertida, y hay pocas cosas que me entusiasmen más que irritar a mi jefe de mandíbula apretada, al menos mientras no queda cerca su tse, tse, tse de abejorro impertinente, y se me entibian los ojos con un sol que es seguramente el mismo que arañaba de firme en Julio, cuando llegaron los alemanes.

Si yo fuera romántica les añoraría, si fuera estúpida lloraría por mí, si fuese práctica olvidaría el pasado. No soy romántica, demostré que no era práctica cuando ni siquiera pensé que la alegría era la emoción propia de un verano, y prefiero no pensar sobre estupidez. Soy una araña que se abre paso con uñas y dientes entre hilos de escenas vividas y nota que se enreda. No salgo mucho tampoco; lo justo para no permitirme olvidar la cara barbuda del jefe, y cuando tu hermana me pide que lleve el coche para las compras mayores.

A veces se me agolpa demasiado algo oscuro por la nuca y los lagrimales, y suelto la pluma y paseo cerca de la playa, a la bofetada brusca del viento al llegar al puerto. En las tardes claras se alcanza hasta la isla. Hasta allí llevábamos a los niños, los alemanes y los de nuestro colegio, cuando yo aún trabajaba allí, para buscar huellas de reptiles y encontrar entre nosotros caminos comunes y miradas sin gastar

Cuando entro en casa vuelvo a llorar, y el resto de la noche tu hermana me anima para que deje el sillón frente a la televisión y me prohibe el paso a la nevera. Pude haber seguido así, ya lo sé, sin desesperaciones, tan sólo aceptando que luchar contra los días era un hábito extendido entre los seres humanos, y que las ilusiones estallan como pompas de jabón; aceptando que a veces la verdad es parda y pobre, y que cuando las cajas se adornan son más bonitashora me divierte pensar en que fui yo la que más empeño tuve en conseguir los intercambios con los alemanes. Me carteé con ellos, para lograrlo, durante casi tres meses

 

© Espido Freire 2005