The end:
- Verde viento
- Difuntos
- Más pesquisas
- Corazón roto
- Comunicación aérea
- Lectores curiosos
- Hengelo
- Apologías varias
- Patios vacíos
- Infamias
- Seamos líderes
- Una reflexión
- Esa autoestima

- Otra corbata
- Malas notas
- Anuncios atrasados
- Leche derramada
- Mi lucha
- Los otros
- Turistas y viajeros
- Un hijo
- Certeza y evidencia
- El guardián
- Patata y fuego

El Monstruo de Sangre:
- Capítulo I
- Capítulo II
- Capítulo III
- Capítulo IV
- Capítulo V

El Monstruo de Sangre
Capítulo I


Te escribo, Veleta, porque si no reventaré; reventaré de todos modos, me temo, porque un día no soportaré el dolor que a cada momento me perfora; ahora todo me tortura, y mi tolerancia es cada vez menor, desde que descubrí que me habían mentido, que no era vivir lo más digno, ni lo más valiente, ni morir un acto de cobarde, y que la felicidad pasada no regresaría jamás, y me asaltan como una pesadilla mis venas cortadas en el baño, o el frasco vacío de ampollas rojas, cualquier cosa que me deje muda y enigmática.

No quisiera matarme sin hacerme oír, aunque nadie sepa de esta amenaza, y ni yo misma me pinte del todo alguna tarde desesperada, y por tanto gris, y por tanto anónima y liberadora, en la que decida comprar un billete anticipado y abandonar el trozo de vida que me tocó en suerte.

Como podría explicártelo, Veleta. No duele; la angustia es tan grande que darse un tajo en las venas calma y seda, que ver cómo el agua en la bañera se empapa de sangre acalla inmediatamente la conciencia y las penas, asesinato de un trozo de carne mía. Pero debo escribirte porque no tengo a quién más hacerlo. A los quince años consideré infantiles los diarios, y a falta de cuaderno con candado te cuento, sin anhelos de comprensión ni ansias por explicarme, que hoy he estado recordando de nuevo la marcha de los alemanes, y creo que si no se cumplen las promesas que ese día hice, algunas promesas, las mías de marchar o las del mundo de cambiar, voy a volverme loca.

El jilguero se balancea, y los expositores de mariposas que te gustaban han vuelto a dejarse ver; y yo debería atender a mi trabajo atrasado, aunque sea el último, si no quiero que mi jefe vuelva a avergonzarme ante todos. Tu hermana me exhorta a la sensatez, y a no abandonar aún este empleo, porque tras lo ocurrido es difícil encontrar un trabajo, ya sin soñar en continuar en un colegio; ahora me divierte pensar en que fui yo la que más empeño tuve en conseguir los intercambios con los alemanes. Me carteé con ellos, para lograrlo, durante casi tres meses

 

© Espido Freire 2005