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Hay dos características de la nieve que sorprenden una y otra vez a quienes no estamos habituados a ella: el silencio, el modo en el que brota sin ruido, sin alertar de que llega o se va, y el brillo blanco, casi rosado, del cielo cuando ha nevado.
Otro tercer elemento ha llamado la atención durante esta semana de temporal, de carreteras canosas y playas cubiertas: preparados en lo psicológico para el frío y la nieve, hemos continuado esperando de las autoridades públicas que se encargaran del resto. Indignadas quejas acerca de calles limpias o no, de zonas más o menos favorecidas en la capital o del retraso a la hora de llegar a los trabajos se han sucedido por parte de ciudadanos que sabían perfectamente que iba a nevar, que conocían las características de su zona, y que controlan las condiciones de su calle, su casa y sus transportes.
La gran nevada, caótica, del año pasado, obligó a legislar sobre la limpieza de las calles, y responsabilizó a los vecinos del estado unos pocos metros en torno a sus portales. Hace unos años no hubiera sido necesario dirigir la atención hacia ese punto. El desprecio por los espacios y el mobiliario público ha hecho que los ciudadanos consideren trabajo de otros (y no muy bien considerado, por cierto) el mantenimiento de lo que es de todos. Que lo hagan otros. Pasamos por encima de las cosas flotando, con la misma mirada de desprecio de los ricos a lo mundano.
Será cuestión de que nieve más de ese cielo resplandeciente. O de que seamos menos señoritos. |