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Se ha perdido la tradición de las huelgas, porque las épocas de prosperidad llaman poco a la queja de grupo. Cuando los únicos que interrumpen su trabajo son los controladores aéreos, un oficio que despierta tanta compasión por sus condiciones laborales como los consejeros bancarios, algo extraño ha ocurrido en nuestra manera de concebir la protesta.
Las huelgas siguen modas. De niña, una marea de gente llenaba las calles de mi pueblo de forma periódica, en protesta por el cierre empresarial de los ochenta. Eran manifestantes ordenados, que invadían las calles con la precisión y las hileras de efectos ópticos que luego los simpatizantes de ETA han copiado y perfeccionado; nada que ver con las manifestaciones – hormiguero que en los últimos meses se han reunido en defensa de valores tradicionales. Aquellas huelgas feroces, capaces de durar semanas, cortaban las vías, montaban piquetes y aterrorizaban a quienes no veían por qué seguirlas. Ahora esa pasión huelguista sólo la muestran los taxistas, y por breve espacio de tiempo: la vida del autónomo es incompatible con la huelga.
Llegó luego la moda de la huelga nudista, que en ocasiones se entremezclaba con el encadenarse a mobiliario urbano: el último grito, en cambio, es la huelga de hambre. Lo reúne todo. Es individual, barata, escandalosa y el chantaje se realiza con la propia vida, que en occidente sigue manteniendo algún valor. Grandes figuras la siguieron. Y para colmo, resulta sencillo fingirla y no seguirla. Nos dará mucho de qué hablar este año.
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