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Para la inmensa mayoría, Navidad se justificaba como una fiesta comercial, que salvaba la vida de, pongamos, las perfumerías, de la misma manera en la que San Jordi salva la de los libreros: se aceptaba esa convención pese a las discusiones de cuándo y dónde con los padres, los juguetes para los sobrinos, la calidad de los ibéricos de la cesta de Navidad y el listo que trapicheaba con los números de lotería. Daba dinero, la Navidad, y las tradiciones asentadas en lo económico gozan de una salud férrea.
En este año las rebajas se han adelantado, los anuncios deslumbrantes se han repetido, y las luces de Navidad de observan con suspicacia. Espero, en un mes, tras Santas, y Año Nuevo, y Reyes, y zambombas, ser capaz de escribir que las apariencias engañan, y que otra vez se han cubierto las expectativas de jugueteros, restauradores, cultivadores de uvas y lenceros especializados en el color rojo. A día de hoy, sospecho que para ello será también una triste, aunque nevada, Navidad.
Pero, si no resulta rentable, ¿sería posible, por favor, el que se eliminara? No lo digo por los regalos, ni siquiera por la invasión de lo kitch en escaparates y árboles: no lo insinúo porque odie la ilusión de los niños, ni las costumbres religiosas.
Porque otra vez las acumulaciones en aeropuertos, y las huelgas aéreas, las manifestaciones de taxistas otra vez, y otra vez el supermercado por las nubes, y abarrotado, y otra vez autómatas chillones en las puertas de los almacenes, y otra vez los regalos mal elegidos, y otra vez… |