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La niña
ADN, 27.11.09

Por segunda semana consecutiva mis pensamientos se vuelven hacia el Alakrana, no a su rescate, que ha sido generosamente discutido entre partidos políticos pero se ha perdido para siempre, no a su reconocimiento hacia sus mujeres, sino a lo que han visto: a lo que han vivido.

Mi admiración por la figura del capitán ha aumentado: sus anotaciones y las frases que han trascendido confirman su sentido de la responsabilidad, del honor, y una compasión por el dolor ajeno poco frecuentes en los periódicos. La elocuente serenidad  con la que narra su encuentro con el barco Ariana debería ser estudiada en las Facultades de Periodismo. No es necesario añadir nada para describir el horror puro.

En uno de los fragmentos más conmovedores del Cantar de Mio Cid Rodrigo Díaz de Vivar, muerto de sed y hambre, con la maldición del rey sobre sus hombros, llega a una casa cerrada a cal y canto. Una niña rubia sale a su encuentro, y le pide que se vaya, para no causar males mayores a su familia. La niña llora sin sollozo, y el Cid y los suyos continúan, enloquecidos por la sed, su camino por Castilla. En ocasiones he dudado de esa versión del poeta. Siempre he deseado que fuera verdad, que el Cid se diera la vuelta con los suyos, y la dejara allí, a la puerta de su casa burgalesa. Una niña entre varios mercenarios resulta siempre estremecedora.

El capitán decía, a los pocos días de ser liberado, que no podía quitarse de la cabeza a esa niña, con sus ojos azules, atrapada en el barco moribundo. Tampoco yo puedo. 

 

© Espido Freire 2005