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The end:
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Pago tardío
ADN, 20.11.09

Este país se ha acostumbrado a los secuestros: hemos seguido secuestros de empresarios, y de funcionarios de prisiones, niños y niñas en una hora negra, de un futbolista y de Julio Iglesias padre. De jovencitas torturadas a las pocas horas del secuestro, y de otras desvanecidas. Secuestros exprés, secuestros que han acabado con desapariciones inexplicables, y el de un joven concejal que sacó a millones de personas a la calle, con las palmas teñidas de blanco. Hemos visto a periodistas retenidos en países extranjeros, al capitán de un avión que se enfrentaba con valor y su uniforme a sus captores.

Somos pacientes y sufridos espectadores de secuestros, contadores de horas y días, y los mensajes enviados acerca de la perversidad de los piratas podrían haberse ahorrado. Sabemos reconocer un secuestro al instante, y no lo confundimos con los ojos al kohl de Jack Sparrow.

Nos falta, no obstante, el equilibrio entre la angustia de la familia y la postura de un Gobierno que no sabe si pactar o no, si pagar o no, si ceder ante chantajes o no, y que en ocasiones pide a las familias que resistan y aguanten, y en otras, que no se preocupen, que todo se solventará. La manera más sencilla de arreglarlo es con dinero, obviamente. También la más inútil a medio plazo. Debería, entonces, solucionarse todo con dinero al segundo día. Si todo se reducía a pagar, si se iba a pagar sin buscar otras opciones, entonces para qué tanta espera, tanto niño con huesos medidos, tanto abogado impresentable, tanto sufrimiento inútil.

 

© Espido Freire 2005