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Arde el país por los cuatro costados, lo cual, por desgracia, no resulta una gran novedad en este bendito país. Sí lo es, en cambio, la justificación que he escuchado, primero en los medios y luego, como un siniestro reguero de pólvora, contagiada a la opinión popular; la peregrina idea de que los incendios son, al fin y al cabo, necesarios, como una renovación dolorosa pero imprescindible de un serpiente de su muda de piel.
Quizás se deba a que me educaron en los ochenta, cuando un bosque era tan parte nuestra como la piel o los dedos; si se quemaba, algo nuestro se quemaba. O a que vi, entre las manos de mis padres y mis abuelos, el esfuerzo que suponía que un árbol se convirtiera en un bosque, y que una casa quedara a la sombra. Por ello, puedo aceptar que algunas quemas controladas puedan suplir lo que en Francia han resuelto con las tareas asignadas a campesinos y ganaderos: la limpieza de rastrojos, el flujo libre de arroyos y fuentes, las pistas forestales en buen estado.
Lo que no podré aceptar es la frivolidad y la resignación frente a una desgracia evitable: que alguien prenda fuego a un pinar cercano a una piscifactoría es una indecencia. Que cuatro personas mueran, un anciano se estrelle huyendo de las llamas, y varios centenares sean desplazados porque el humo acaba con los pulmones y el sotobosque no puede ser explicado ni disculpado. Vergüenza para quien los provoca, vergüenza para quienes no hacen nada por evitarlos. Vergüenza para quien los mira y tuerce la mirada. |