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El luto, cuando se estilaba, indicaba que esa persona había perdido a alguien cercano: muchas mujeres vivían gran parte de su vida de luto, y lo sentían como una maldición. Sin embargo, en un momento como éste, en el que no se permite que sintamos, que expresemos dolor, que lloremos una pérdida, se añora el espacio de silencio y de respeto que suponía vestir de luto, esa señal de que se atravesaba una pena.
Ha muerto mi padrino, el que se comprometió a cuidarme cuando nací, en caso de mis padres faltaran. Era un hombre bondadoso y alegre, con un niño interior que no desfalleció nunca, y con una ternura natural que se adivinaba con las primeras palabras. Un trozo de pan bendito, terco como una mula y trabajador sin tregua, como lo son todos los gallegos que han vivido tiempos duros. Era un devoto seguidor del Deportivo, con una pasión que no admitía excusas. La pena de esa pérdida me resulta desgarradora, pero no todos lo entienden: tan sólo se comprende ya el llanto por los parientes más cercanos, como si el amar a los que nos han querido y nos han enseñado lecciones vitales fuera una muestra de debilidad, o un capricho.
Ahora todos los pequeños detalles (esos partidos del Depor, los regalitos que he guardado desde la infancia, la palabra ruliña, pensar en su nietecito, los dulces sin azúcar) resultan muy dolorosos. Sé que luego sonreiré cuando aparezcan de nuevo, cuando la pena se asiente. Así se recuerda a quienes pasaron por la vida haciendo el bien, con una sonrisa después de las lágrimas. |