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Si pudiera elegir el producto con el que me sobornaran, elegiría sin dudar anchoas y no trajes a medida. Quizás eso revele mi carácter, la cautela de escoger algo fungible, sin huella, antes que acumular trajes culpables en el armario. Eso tiene el pertenecer a la generación de Mónica Lewinsky, una desconfianza profunda hacia lo que significan y acumulan los trajes.
A los escritores nos regalan, por lo general, libros: no solemos suponer que nuestra persona es tan relevante que merezcamos libros y libros sin nada a cambio. Se espera, y de esto la gente elegante no habla, que los leamos y critiquemos, y quizás que les dediquemos una presentación o una palabra amable al autor. Un escritor honesto no se dejará sobornar, y no hablará elogiosamente de aquello en lo que no cree, pero tampoco resultaría bonito devolver el libro, trabajosamente envuelto y enviado por otro autor o la editorial. ¿Qué pasa entonces con esos regalos a los que no se les saca rendimiento? ¿Quedan flotando, en el limbo de los objetos inútiles? ¿De los sospechosos obsequios institucionales?
Soy una escritora afortunada, y además de libros, de vez en cuando me regalan vino, y aceite, o cosméticos y prendas de vestir o de calzar: es decir, aquellos productos de los que me precio de entender un poco. Resultaría poco moral aceptarlos sin más, no aceptar las reglas del juego según las cuales se da algo a cambio de nada. Pero es deber de cada uno saber a qué se compromete cuando se acepta un regalo. Aunque sean deliciosas y cántabras anchoas. |