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Pocos saben dónde está Togo: después del viaje del presidente Zapatero, algunos saben que está lleno de mosquitos. Es más de lo que se conoce de la mayoría de los países africanos.
Casualidad: en los mismos días en los que un avión no despegaba en una pista llena de baches recibía la invitación de amadrinar un festival benéfico cuyos beneficios estaban destinados a Togo. Yo era una de esos que apenas había oído nombrar el nombre de ese lugar perdido en la miseria. Durante los días anteriores, los miembros de la expedición que viajan allí una vez al año me hablaron de las terribles escenas que se dan en los hospitales: centrados en oftalmología, los voluntarios médicos intervienen un ojo tras otro.
La sequía en Togo resulta tan brutal que los animales no pueden crecer demasiado. Esas cabritas, esas gallinitas diminutas son un seguro de vida para las situaciones extremas: el polvo y los insectos originan lesiones en los ojos, cataratas, infecciones. Destrozan la vida del enfermo, y condenan a un niño, un lazarillo, a faltar a la escuela.
Nada de esto se aleja demasiado de la realidad de otras regiones: por suerte, el Club Rotario de Elda supo de estos casos. Las formas en las cuales nos llega el conocimiento se encuentran siempre a medio camino entre el milagro y la casualidad. Hace dos semanas la gala a favor de Togo convocó a centenares de personas; en Elda el sector del calzado vive una crisis permanente, pero a diferencia de otros, de la mayoría, mira mucho más allá de su ombligo. |