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Hace varios años pasé un fin de semana inolvidable cerca de la ciudad de Arendal, en Noruega. Prisionero entre los islotes, el mar y las montañas, el paisaje cambiaba con la luz, hasta convertirse en una visión legendaria bajo la extraña fosforescencia del sol de medianoche. Bebimos vino español, contamos historias hasta el amanecer y comimos mejillones recién pescados. La vida, de vez en cuando, compensa del dolor que nos causa con situaciones así.
Hace unos días, un abogado noruego descorchaba, en su casa de Arendal, una botella de vino español, dispuesto a beberla con su esposa y a una velada, me imagino, similar a la mía de entonces. Cayó fulminado al suelo: el vino había sido envenenado con cianuro, y por los pelos se libró de la muerte. Leí la noticia con el dolor de quien ama los productos de su país y los añoró con fuerza mientras vivía fuera: las naranjas, el exquisito y algo amargo aceite, el vino, las hortalizas. Devorados por los italianos, mucho más astutos que nosotros, Escandinavia apenas conocía los productos españoles, que confundía con los de otros países sureños. Carísimos, difíciles de encontrar, sólo los más tenaces veraneantes nórdicos en España se empeñaban, una y otra vez, en comer en Oslo lo que comían en Tenerife.
Hay dos mensajes positivos, pese a todo: el abogado se recupera, y, en la investigación del boicot al vino español, envenado con toda perversión, será posible difundir e intercalar nueva información, nuevos alimentos, una oportunidad nueva de éxito. |