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Primera dama
ADN, 03.04.09 |
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Posea o no carisma y encanto un político, no deja de ser un político; gestor, experto, coordinador y responsable... algunas similares deberían ser sus atribuciones. Pero en el momento actual, la idea de liderazgo le cubre de otro tipo de cualidades. ¿Resulta elegante? ¿Mediático? ¿es simpático? ¿Y su esposa?
No he podido evitar la sonrisa ante cada uno de los comentarios sobre Michelle Obama, su vestuario, sus medidas y su brillo. Puede entenderse a los estadounidenses: carecen de reinas y de aristócratas propias, y hacen lo que pueden por apañarse con estrellas del cine y, ocasionalmente, la esposa del presidente. Puede incluso ampliarse la sonrisa y la comprensión a la gélida y ambiciosa Carla Bruni: hay una cierta fascinación ante un zorrón que se sale con la suya, un vago deseo de emulación, o de esperanza ante la certeza de que esas cosas aún ocurren.
La sonrisa se pierde ante los titulares del G20 y la atención que le han dedicado a otras primeras damas, incluida la española. Elegantes o bellas, vulgares, invisibles o estiradas, ¿quién puede, en este momento, desperdiciar un segundo en calificar a las esposas de los políticos? ¿En su atuendo, en sus peinados? ¿Cómo se concibe esa connivencia de la frivolidad y el alarmismo de la situación internacional? Huecos, ampulosos, los titulares están para algo. ¿Es preciso dedicarlos, nuevamente, a la apariencia de mujeres anónimas, aunque conocidas por sus matrimonios? ¿Ni siquiera en estos momentos podemos tomarnos algo en serio? |