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Resulta extraño que Max Clifford, el representante de la Gran Hermana Jade Godoy, se cuestione si es o no repugnante el que se retransmita la muerte en directo de su cliente. Se ha roto el tabú de que se graben los partos, la intimidad de las personas en sus momentos más íntimos. La propia Jade mantuvo relaciones sexuales en público, dentro de ese programa lamentable que desgarró la piel social, y que ha potenciado tantas y tantas infecciones.
Resulta extraño, porque las decisiones erróneas de Jade, apoyadas y jaleadas, conducían directamente a la autodestrucción y la muerte, y parece poco probable que su agente haya quedado al margen de ellas. Jade, que no podría representarme mejor a la clase baja blanca de Inglaterra aunque se la buscara con lupa, muere de una enfermedad con un pronóstico razonablemente bueno si se detecta a tiempo, y que se ha extendido como una plaga por su país: el cáncer de útero.
A Jade no le quedaba nada por vender: su autobiografía fue publicada, comercializó sus recetas de cocina, un perfume, dietas, ejercicio. Racista, brutalmente ignorante, insensible y bocazas, su popularidad era la de quienes renuncian a su dignidad a cambio de la atención.
Su pasado complicaba el que su vida fuera plena, útil, el que pudiera elevarse por encima de las dificultades de su familia y sus carencias: pero no lo impedía. Para quienes creen en la influencia de la mente sobre el cuerpo, la muerte de Jade se inició hace mucho: exactamente cuando empezó a ser emitida su existencia. |