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Los héroes de las epopeyas, esos que han modelado nuestras creencias y nuestra filosofía, no sentían vergüenza de llorar, siempre que no fuera por dolor físico. Ulises, disfrazado, escucha sus aventuras de labios de otros, y se cubre la cara con el manto para no delatarse con sus lágrimas. El Cid se deshace en lágrimas al abandonar a sus niñas y a su mujer, de camino al destierro; le arrancan la uña de la carne.
Cambiaron luego los tiempos, y el llanto se despreció por debilidad y como fin último de la tortura: lograr que un hombre llorara equivalía a dominarle. Ha sido una larga y tortuosa reconquista la de las lágrimas masculinas.
Admiro a Roger Federer por muchas razones; todas tienen que ver con los valores que ha logrado transmitir en su juego exquisito, perfecto, y su actitud serena: en las tres ocasiones en las que le he visto en una final contra Nadal se enfrentaban dos conceptos del mundo: la brutal energía del español, una corriente casi física que se transmite a los espectadores, frente al control milimétrico y la elegancia del suizo. Por contraste con la brutalidad y la zafiedad de otros deportistas, que detestan al enemigo, estos dos contrincantes se admiran y observan. No son sólo un orgullo para sus países, sino también un modelo de comportamiento y de los mejores valores del deporte.
Federer rompió a llorar. Requerían tanto valor las lágrimas como el juego. Nadal, y ahí se descubren los héroes, reconoció en el enemigo la fuerza y el alma. Y, con él, reconocimos nosotros las suyas. |