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Confío a ojos cerrados en el tarot: una ciencia antigua, prestigiada por el paso del tiempo, que han practicado hombres regidores del mundo, desde Napoleón a Reagan. Reyes y papas estudiaron y siguieron sus designios. Si se une al nobilísimo arte de la astrología, las certezas que desvelan resultan impresionantes.
Confío en ellas, y además, hay algo romántico en esa defensa; miles de brujas y astrólogos han sido martirizados y entregados a las llamas por su práctica. No hace daño a nadie, y el precio que se paga por las consultas oscilan entre las donaciones voluntarias, casi una limosna, el pago reglado y el aprendizaje gratuito.
Uno de mis amigos, en cambio, es un fiel seguidor del feng-shui. No mueve silla sin el mapa bagua, y conoce las estrellas voladoras, y los amuletos que hay que emplazar en la zona de tierra. Millones de chinos y siglos de tradición prueban que no puede estar equivocado. A él, desde luego, le va bien. Su casa brilla, impoluta.
Creo que voy a proponer que se incorporen como materia escolar. En secundaria, preferiblemente. Los niños incorporarían un arma para defenderse contra la incertidumbre. ¿Son supersticiones? Ah, no, porque yo, la historia y parte de la humanidad han creído y aún creen en ellas. Si creo, he de ser respetada. Es más, exijo que mis hipotéticos hijos, y que los que no son míos, las estudien y las usen. Y que les preserven de cualquier otra creencia. Nada de matemáticas. Para qué el latín. Fuera la sociedad laica.
Y, qué pena, creo que me harían caso. |