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Hace falta ser muy bruto para desatornillar y llevarse consigo una vaca de varios centenares de kilos, pero de todo hay en la Villa y Corte. Subírsela hasta un quinto piso sin ascensor habla ya de un empecinamiento del autor, y de un claro liderazgo sobre sus amigos, que acarrearon la estatua sudando a gota viva y a músculo puro.
Mi primera reacción fue la de considerar al ladrón un imbécil, y un vándalo, y la de maldecir por la falta de respeto que nada que se encuentre en la calle merece en esta ciudad que ya considero mía. Ni las paredes, ni las verjas de los comercios, ni los bancos se salvan de ese meticuloso afán del gamberro por imprimir su firma, o anunciar su paso. Formas de afirmación tan infantiles como escupirle la papilla a mamá en la cara.
Luego me di cuenta de que en realidad presenciaba una historia de amor entre especies, incluso entre la vida y la muerte. Mucho debía anhelar el ladrón la presencia de esa vaca inanimada para someterse y someter a su pandilla a una vergüenza tan notoria. Quizás el ciudadano que los denunció, que creemos ahora ejemplar, no era sino un despechado alguien celoso de las miradas veladas por las larguísimas pestañas de la vaquita. Los amores súbitos son inescrutables. Una casa quizás no sea el lugar ideal para una vaca de media tonelada, ¿Pero lo es la calle, la lluvia, las miradas ajenas de los desconocidos? ¿Toleraría eso un enamorado? No le quedará más remedio ahora. Romeo y Julieta, Píramo y Tisbe, Juan y Blanquita siempre terminan mal. |