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The end:
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Serán mayores
ADN, 16.01.09

La única conclusión positiva que puede extraerse de los terribles días pasados, en los que hemos revivido casos como los de Mariluz, o la pequeña Alba, es que las reacciones y el dolor generalizado demuestran que la sensibilidad social hacia los niños se ha agudizado.

No siempre fue así: hace cuatro o cinco décadas los niños, y en especial las niñas, no servían para nada hasta que llegaban a una edad productiva. Se les dedicaba poca atención y poco afecto, como si los adultos temieran encariñarse en exceso con unas criaturas frágiles que podrían morir en cualquier momento. Se les golpeaba para que hicieran lo ordenado con rapidez, para castigarles por un error o una maldad, o porque sí, de forma preventiva, porque se consideraba que había que enmendarlos. Los padres inspiraban miedo, que confundía con el respeto, y se esperaba de los niños que fueran los garantes de la supervivencia de la familia, y de la vejez de los padres.

Se enajenaban niños con la misma facilidad con la que lo hacen otros países pobres en la actualidad, se abandonaban. Entraban a servir con nueve, con doce años, de aprendices a los catorce, soportaban cargas tan superiores a lo que ahora se considera justo que una no sabe si sentir admiración o lástima por las infancias, nada compadecidas, nada contempladas, de quienes ahora son adultos y rechazan esa forma de educar a los niños. No aprueban la sobreprotección actual; pero en muy pocos años han logrado esa difícil evolución de quien ha sufrido a quien no permite que se sufra.

 

© Espido Freire 2005