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Hay ciertas cosas de la televisión que no soporto. No entiendo la fascinación de tantos espectadores por los concursos, y menos aún por aquellos en los que el azar o el alquiler de veinticuatro horas al día convierten a una persona en millonario. Me cuesta comprender que una serie de pruebas en directo conviertan a un aficionado en un profesional, o que los golpes y las humillaciones diviertan a los televidentes. Ni siquiera he logrado acostumbrarme, pese a los años transcurridos y la tinta vertida, a la afición por el cotilleo en imágenes y comentarios.
Es quizás más repugnante la segunda variante que la primera. Se olvida que el derecho a la información no se extiende a difundir infamias, fotografías dudosas o cuestionar reputaciones. Si el derecho a informar protegiera el bien común y no los intereses periodísticos, la mitad de esos programas se convertirían en espacios publicitarios. Ya se tiende a ello.
El gusto de la audiencia es soberano, justifican. Mientras los que en sus casas mantienen el mando en la mano así lo digan, veremos subproductos, o los sustituiremos por otros aún más baratos y chabacanos. Sin embargo, la demanda de lo prohibido y lo morboso no finaliza jamás, y no por ello se les da gusto a los pederastas y se emite pornografía infantil, no se enseña cómo profanar tumbas o las instrucciones para una bomba con metralla. Para eso nos queda internet y la ficción. A cambio de no ser reales, los relatos de atrocidades nos pueden conducir hasta donde el autor lo desee.
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