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Seamos líderes
ADN, 25.07.08 |
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Un país como el nuestro, con sus extraños organigramas de poder, y una historia de cainismo que se remonta, con orgullo y sin el menor propósito de enmienda, a un par de miles de años, ha acogido con un perplejo interés las teorías sobre el liderazgo. Liderazgo empresarial, al menos; el político se cuestiona y se ataja de una manera tan feroz que resultaría imposible acordar un perfil de líder capaz de saltar por encima de convenciones políticas.
Indicaba hace poco John Zenger en una entrevista que, a diferencia de en España, en Estados Unidos existía un acuerdo social de colaboración y servicio al líder. Desde el colegio, los niños ponen a prueba sus capacidades, y, con un desprecio poco loable a los perdedores, los asociales o los vagos, se potencian sus cualidades y setrabaja para que un equipo de profesionales sienta como suyos los triunfos de la cabeza visible. Ése es, precisamente, el mérito del líder: su cualidad es convertirse en una espléndida cabeza visible, aglutinadora.
Con inmensa tristeza puede constatarse que aún contamos con una herencia del tiempo en el que fuimos los líderes mundiales. Por encima del honor, aún prevalece el concepto de hidalguía; el trabajo mancha, sólo los pobres trabajan, el señorío se demuestra con los contactos, el poder se fusiona con la intimidación. El peso de los apellidos y las amistades hunde las pretensiones de liderazgo real. No les oímos hablar, lamentamos algunas actuaciones. No contamos con líderes, sólo con señoritos. De las mujeres, ni hablamos.
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