 |
Una reflexión
ADN, 18.07.08 |
|
Thomas Coville atraviesa el mar en solitario, enfrentado a la sal y el sol en un olímpico desprecio por la vida, las consecuencias y lo recomendable. Como un naúfrago voluntario, como un astronauta en una cápsula con fallos gavitatorios, tiene suficientes detalles técnicos en los que ocupar su mente, que de otra manera podría caer en debilidades y en trampas: el enemigo no está fuera, no es el horizonte y las estrellas anónimas, sino dentro.
Danny Torres vuela con su moto por encima de rampas y obstáculos, en una plaza de toros dedicada por una vez a un espectáculo incruento, aunque no libre de riesgo. Sustituido el caballo por un ingenio técnico, no es posible una coordinación emocional, sino tan sólo mecánica: en la altura, con su mono de color vivo, parece muy pequeño y muy frágil, pero la solidez con la que sus muñecas aguantan el tirón demuestran que las impresiones, desde tierra, casi siempre son equívocas.
Los dos son metáforas de la lucha contra la muerte: el enemigo adopta formas confusas, las olas, la espuma, la deshidratación. La curva de la rampa, el miedo a la muerte, un error técnico y fortuito. Uno se entrega en manos del tiempo, de los caprichos atmosféricos que barrieron a tantos marinos y crearon, de labios de Homero, una de las historias más importantes de todos los tiempos: Odiseo, enemistado con el dios del mar, se demora diez años de puerto en puerto. El otro, en cambio, como Perseo, monta un caballo con alas y se lanza al aire, más preocupado por el vuelo que por la caída.
|