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Esa autoestima
ADN, 11.07.08 |
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En pocos momentos de mi vida adulta he tenido la certeza de ser tratada, como ciudadana, con una displicencia tal. Han existido momentos terribles, en los que ante nuestros ojos se tomaba parte en una guerra absurda, desoyendo el grito en las calles. He experimentado el dolor y la indignación tras las bombas en Atocha, aquellos trenes convertidos en amasijos y en horror. Aquella furia popular, que había servido ya como una cohesión tan injustamente desaprovechada en otros casos de terrorismo, fue desoída con arrogancia, y por lo tanto permitía el consuelo de la rabia.
Ahora, día tras día, lo que comenzó como una indignación sorda y una inmensa impotencia (todos mis ensayos nacieron de esas emociones, y Mileuristas no ha sido una excepción) se ha transformado en incredulidad y en desconfianza. No comprendo el bien que se deriva de las infantiles mentiras sobre la situación actual. ¿Un ganar tiempo agónico, una huida hacia delante? La emoción que despierta ante las noticias, las declaraciones, las temibles hojas salmón de los periódicos económicos, es nueva y difícil de controlar; nace del análisis, y no de una decepción política, porque nunca he esperado nada de ninguno de los partidos que conozco. No puedo hacer nada frente a la situación en la que me han emplazado, y las recomendaciones de recurrir a la autoestima me arrancan lágrimas de frustración.
La superficialidad de las explicaciones se repite semana tras semana, y ya ni siquiera siento insultada mi inteligencia. Me siento insultada, a secas.
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