The end:
- Verde viento
- Difuntos
- Más pesquisas
- Corazón roto
- Comunicación aérea
- Lectores curiosos
- Hengelo
- Apologías varias
- Patios vacíos
- Infamias
- Seamos líderes
- Una reflexión
- Esa autoestima

- Otra corbata
- Malas notas
- Anuncios atrasados
- Leche derramada
- Mi lucha
- Los otros
- Turistas y viajeros
- Un hijo
- Certeza y evidencia
- El guardián
- Patata y fuego

El Monstruo de Sangre:
- Capítulo I
- Capítulo II
- Capítulo III
- Capítulo IV
- Capítulo V

Malas notas
ADN, 27.06.08

El cuerpo, la mente, ese lugar en el que habitamos y que cambia, y sueña, y suda, nos lleva a circunstancias que nunca hubiéramos imaginado. Cada mes algo horrible ocurre; aparece un anuncio esquelético, una joven muere en su lucha contra la anorexia, muchas intentan resolver sus conflictos con vómitos y atracones, el modelo de belleza no evoluciona.

Cada mes algo maravilloso sucede, también. Las pasarelas imponen un límite, un nuevo doctor se licencia, alguien aprende a no ocultar el miedo tras la comida, una familia reconoce sus carencias y presenta batalla al enemigo.

Verano. Malas notas. Los meses no se detienen, ni lo hace tampoco el tiempo. No siempre avanza a nuestro favor, pero para eso tenemos el cuerpo, esa maquinaria formidable, de un equilibrio casi perfecto. El aliado de los trastornos de la alimentación no es el paso del tiempo. Lo son las mentiras. Las que se cuenta la sociedad (juventud, delgadez, belleza, todo revuelto y mezclado y falso). Las que se cuenta la familia (los niños que no dan problemas nunca siempre tienen problemas). Las que se cuentan quienes las padecen (metas, fuerzas de voluntad imposibles, negaciones, tanto dolor oculto). Sé de lo que hablo, yo misma era una constante mentirosa...

De la misma manera que una mentira repetida parece convertirse en verdad, una verdad gritada y dicha muchas veces destruye los embustes. Hay que recurrir a las armas que tenemos: la voz. La mente. Los cuerpos. Y la paciencia. Todo el tiempo que haga falta, toda la paciencia que sea necesaria.

 

© Espido Freire 2005