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Leche derramada
ADN, 13.06.08 |
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Resurge mi creencia en el pecado cuando veo las naranjas podridas en las cabinas de los camiones abiertas como una sangría suelta, los olivos arrancados, los animales sacrificados, la leche vertida en el suelo o por las rejillas de los establos. Me enfurezco; siento una punzada en el pecho, un dolor que se provoca no sólo por el recuerdo de quien no tiene qué comer, sino por todo ese esfuerzo (humano, animal, tecnológico) desperdiciado. Un acto de soberbia ese desperdicio de materias primas, repetido hasta la saciedad en los últimos años.
La lechera del cuento infantil soñaba con un futuro mejor, claramente especulativo: en una metáfora del sueño capitalista, vendería su cántaro de leche para comprar un poquito más, y vendería de nuevo. Ahorro y hambre eran la receta para la supervivencia futura, en la que se aspiraba a menos hambre y algo de dinero. Ese cuento terrible, pesadilla de cualquier joven empresario, termina con un manotazo cruel que hace tropezar a la lecherita, que ella termine en el suelo, el cántaro se vierta y llore ella sobre la leche derramada. Algo que, como todos sabemos, no sirve de nada.
Derraman ahora la leche, porque los productores no pueden conservarla por más de dos días, y en las instalaciones vacunas pocas veces se sabe hacer mantequilla, queso, nata, como en las pequeñas granjitas. La especialización lleva a eso: somos eslabones de cadenas, ignorantes de lo que no esté ante nuestros ojos. Cada eslabón busca su beneficio, pero se derrama la leche y lloramos todos. |