The end:
- Verde viento
- Difuntos
- Más pesquisas
- Corazón roto
- Comunicación aérea
- Lectores curiosos
- Hengelo
- Apologías varias
- Patios vacíos
- Infamias
- Seamos líderes
- Una reflexión
- Esa autoestima

- Otra corbata
- Malas notas
- Anuncios atrasados
- Leche derramada
- Mi lucha
- Los otros
- Turistas y viajeros
- Un hijo
- Certeza y evidencia
- El guardián
- Patata y fuego

El Monstruo de Sangre:
- Capítulo I
- Capítulo II
- Capítulo III
- Capítulo IV
- Capítulo V

Turistas y viajeros
ADN, 23.05.08

Sabemos ahora que los Expedientes X del Reino Unido no son más que un legajo inacabable de burocracia y paranoia. Como todo lo que deja el Estado a la curiosidad pública, ha resultado decepcionante. El resumen final resulta ser que ninguna forma de vida extraterrestre entró nunca en contacto con el reino de su Graciosa Majestad, pese a Stonehenge, y aunque los acantilados norteños podrían hacer recordar a los UFOs nostálgicos sus paisajes intergalácticos.

Se reedita V, y si los mileuristas deseamos revivir la lucha contra los visitantes no nos queda otro remedio más que soñar. La nuestra, al parecer, no está llamada a ser una generación heroica. Nos bastará con mantener nuestro ordenador libre de invasores invisibles, y con matar marcianitos en eternas partidas de comecocos. En la vida adulta no caben los sueños planetarios, ni las naves espaciales, ni las batallas con ewoks. El viajero de las estrellas nunca llegó. Ni siquiera de turista.

Es una lástima que esta noticia llegue cuando el Vaticano ha manifestado que la creencia en vida ultraterrena es compatible con la de la vida extraterrestre. Sin embargo, la Biblia dice que hay ángeles entre nosotros, los veamos o no. En el estricto sistema jerárquico angelical encajarían bien hombrecillos de luz, seres verdes, material genético que nos permitiera volar, resucitar, caminar sobre las aguas, secar higueras. Explicaría muchas, tantas cosas. Pondría de acuerdo a tantos credos. Al fin y al cabo creer en algo, creer en otra cosa, no deja de ser una fe.

 

© Espido Freire 2005