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En China, como en Vietnam y otros países de Extremo Oriente, el orden de nacimiento de los hermanos resultaba tan esencial que los amigos íntimos se insertaban dentro de él: llamar a un colega segundo hermano, o quinta hermana, y que ellos lo permitieran, delataba un conocimiento privilegiado de su situación familiar. En las familias notables, en las que el concubinato surtía a los patriarcas de segundas, terceras, o quintas esposas, las sutilidades del trato se convertían en tela de araña.
Llegó entonces la política demográfica del hijo único; sin que de manera paralela se produjera una revalorización del papel de la mujer, al infanticidio o el abandono de millones de niñas se la unió el fenómeno de los pequeños emperadores: hijos y nietos únicos, varones, ochenta millones de ellos nacidos a partir de 1979: los compañeros orientales de los mileuristas españoles, y el mayor peligro para la apatía generacional europea. Mimados hasta el extremo, pero también competitivos y bien formados, a los pequeños emperadores se les acusa de frialdad, egocentrismo, y de depender en exceso de los seis adultos por familia que se han volcado en ellos.
Ahora, bajo las ruinas del terrible terremoto, asoman o se corrompen los cuerpos de centenares de esos hijos únicos. Las familias más pobres nunca pudieron pagar la multa por exceso de fertilidad: el hijo único era su esperanza, el orgullo ante los antepasados. Sin ellos, ni los padres ni los abuelos han cumplido con su deber. Sólo obedecieron una ley que ahora lloran.
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