The end:
- Verde viento
- Difuntos
- Más pesquisas
- Corazón roto
- Comunicación aérea
- Lectores curiosos
- Hengelo
- Apologías varias
- Patios vacíos
- Infamias
- Seamos líderes
- Una reflexión
- Esa autoestima

- Otra corbata
- Malas notas
- Anuncios atrasados
- Leche derramada
- Mi lucha
- Los otros
- Turistas y viajeros
- Un hijo
- Certeza y evidencia
- El guardián
- Patata y fuego

El Monstruo de Sangre:
- Capítulo I
- Capítulo II
- Capítulo III
- Capítulo IV
- Capítulo V

Certeza y evidencia
ADN, 09.05.08

Hace años, debido a un artículo que apareció en otra publicación, recibí una carta personal durísima de un lector furibundo, un militar retirado que me instaba a informarme de las leyes que regían la navegación internacional antes de acusar a diversas Marinas de negación de ayuda a náufragos. Recuerdo bien sus palabras porque fue la primera carta en ese tono que recibía. Mi respuesta fue que no cuestionaba las leyes, sino su aplicación. Y en el caso concreto del que hablaba, no cabía negar la evidencia. Los náufragos habían sido dejados por muertos. Yo hablé con uno de los supervivientes. Entendí, no obstante, el enfado del caballero: sin duda, su experiencia y su pasado le llevaba a defender un honor que creía insultado.

Lo he recordado hoy, cuando me han informado de la muerte de una treintena de personas, subsaharianos que intentaban alcanzar la costa española, por la cuchillada en su barca hinchable de un agente de la Marina marroquí. Se ahogaron también cuatro niños. Como en el caso que yo conocí, hubo supervivientes que han clamado justicia. La crueldad de esa acción, su voluntad de impunidad, sobrecoge.


Lo he recordado con el estupor de quien, pese a las espinas de la vida, y los límites legales de la inmigración, cree en la protección de los más desvalidos. He descubierto, con el mismo extrañamiento, que aquella carta de hace años casi me convenció. Llegué a dudar de mi certeza. Quise creer, como el viejo marino me insistía, que nada de aquello ocurría, que nada de esto continúa ocurriendo.

 

© Espido Freire 2005