The end:
- Verde viento
- Difuntos
- Más pesquisas
- Corazón roto
- Comunicación aérea
- Lectores curiosos
- Hengelo
- Apologías varias
- Patios vacíos
- Infamias
- Seamos líderes
- Una reflexión
- Esa autoestima

- Otra corbata
- Malas notas
- Anuncios atrasados
- Leche derramada
- Mi lucha
- Los otros
- Turistas y viajeros
- Un hijo
- Certeza y evidencia
- El guardián
- Patata y fuego

El Monstruo de Sangre:
- Capítulo I
- Capítulo II
- Capítulo III
- Capítulo IV
- Capítulo V

Sin órdenes
ADN, 18.04.08

¿Cuándo, cómo se nos escapó la autoridad de entre las manos? Debió de ser en algún momento en el que todo iba lo suficientemente bien, o tan mal que ni siquiera hubo tiempo para dedicárselo a quiénes necesitaban una guía. ¿Cuándo permitimos que los niños no obedecieran, que los escolares insultaran a los profesores, que los animales corrieran libres sin obediencia, que los ciudadanos, en general, se negaran a un pacto social en el que hayan de acatar una orden por el bien común?

La señal de alarma brilló, incandescente, con el éxito de los programas, puramente conductistas, que delimitaban todo lo incorregible. Niños, adolescentes, perros, pero también conceptos mucho más abstractos, como la alimentación o el reciclaje, encontraban un espacio en las televisiones. Se encontraban fuera de control. ¿Qué hacer? Atrás quedó otro modelo de programa en el que los sueños (una pareja, una casa, un viaje, dinero) se hacían realidad. Ahora que habíamos conseguido lo que soñaban, un modelo de vida moderadamente burgués, ¿qué hacer con ello?

Los programas de televisión, ese sensor automático de malestar y de modas, indicaban que no se podía continuar cerrando los ojos a ese goteo intermitente de comportamientos antisociales. No solamente entre generaciones se observa la falta de respeto, que algunos defienden como un mal menor frente al autoritarismo anterior: entre iguales en edad, ingresos económicos, oficio o residencia la falta de educación, enmascarada de libertad y de independencia, hace estragos. ¿Cuándo, cómo?

 

© Espido Freire 2005