The end:
- Verde viento
- Difuntos
- Más pesquisas
- Corazón roto
- Comunicación aérea
- Lectores curiosos
- Hengelo
- Apologías varias
- Patios vacíos
- Infamias
- Seamos líderes
- Una reflexión
- Esa autoestima

- Otra corbata
- Malas notas
- Anuncios atrasados
- Leche derramada
- Mi lucha
- Los otros
- Turistas y viajeros
- Un hijo
- Certeza y evidencia
- El guardián
- Patata y fuego

El Monstruo de Sangre:
- Capítulo I
- Capítulo II
- Capítulo III
- Capítulo IV
- Capítulo V

Facturas falsas
ADN, 21.03.08


Me lo contaron hace un par de años, y entonces no le di importancia, porque parecía una actividad más de una empresa que esperaba comerse crudo el sector de los eventos. La empresita en cuestión facilitaba al cliente facturas y resguardos falsos, folletos enteros, como cobertura para quienes deseaban vivir una aventura amorosa segura, y sin sospecha por parte del cónyuge. Al parecer, nueve de cada diez eran varones, otra enojosa confirmación de la infidelidad masculina y la suspicacia femenina.

Se han sofisticado tanto estas demandas que hoy son varias las empresas que se dedican a cubrir la infidelidad ajena. Y no deja de sorprenderme que en tiempos de amor y libertad, de parejas abiertas, de monogamia sucesiva, a alguien le importe tanto su pareja como para contratar ese servicio mientras se es infiel, o que le importe tan poco su pareja como para serle infiel y contratar ese servicio.

Sin duda los adinerados usuarios conocen ya la obviedad de que duele más la mentira que la infidelidad. Cuando más elaborada la mentira, peor remedio muestra la ofensa. Quizás no sea la cama ajena lo que realmente mueva a los infieles, sino el reto, la adrenalina de ser descubiertos, el desafío al control. La empresa no puede controlar las fundas de preservativos olvidadas en los pantalones, el olor de la colonia ajena, los nerviosos movimientos de los ojos cuando se miente. Salvo que ofrezca unfaithful training (y todo se andará), serán descubiertos. La infidelidad es una tontería, pero la verdad ¿no les haría libres?

 

© Espido Freire 2005