The end:
- Verde viento
- Difuntos
- Más pesquisas
- Corazón roto
- Comunicación aérea
- Lectores curiosos
- Hengelo
- Apologías varias
- Patios vacíos
- Infamias
- Seamos líderes
- Una reflexión
- Esa autoestima

- Otra corbata
- Malas notas
- Anuncios atrasados
- Leche derramada
- Mi lucha
- Los otros
- Turistas y viajeros
- Un hijo
- Certeza y evidencia
- El guardián
- Patata y fuego

El Monstruo de Sangre:
- Capítulo I
- Capítulo II
- Capítulo III
- Capítulo IV
- Capítulo V

Labores domésticas
ADN, 14.03.08


Durante años, los cocineros más prestigiosos del país me han ayudado a distinguir el atún del bonito, a emplatar con salero y la preparación de frutas exóticas que, posiblemente, nunca serviré en una mesa. Me pregunto a veces qué ocurriría si emitieran, entre el caos nada armonioso de la programación televisiva, un programa que enseñara a limpiar la casa, a elegir el aspirador perfecto, a planchar una camisa con precisión de tintorero.

Me pregunto si la razón por la que no se ha hecho hasta ahora es la sorprendente falta de valoración de las labores del hogar, y la ausencia de escuelas donde formarse en estas lides. Salvo quienes son contratados por empresas, que realizan algún curso de formación previo, la mayoría de los limpiadores remunerados son asistentas autodidactas, mujeres que llevan fuera de las puertas del hogar lo que antes se consideraba propio de ellas en el interior del mismo. Los oficios propios de mujeres no obtienen reconocimiento hasta que los hombres entran en ellos e indican cómo han de realizarse. Y hasta la fecha, no abundan en este país las escuelas de mayordomos.

El mismo doctor que ha presentado el estudio sobre mujer y salud mental, Julio Zarco, ha apuntado como factor agravante de la mala salud de las mujeres (la primera causa de muerte femenina entre los treinta y los treinta y cuatro años es el suicidio) el que no "se haya hecho nada más que mucha demagogia" por la conciliación de las tareas domésticas y la vida profesional. Absolutamente cierto. Nadie quiere planchar.

 

© Espido Freire 2005