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Doble contradicción
ADN, 21.02.08 |
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La alarma producida por los suicidios entre los adolescentes ingleses llega cuando son ya más de quince los que han muerto, y cuando el porcentaje de chicas ha resultado inusualmente alto. El suicidio, mucho más que el asesinato, o la agresión, continúa siendo un tabú, y más aún cuando son niños los que mueren. Frente a otro tipo de muerte, cabe siempre a quién culpar: médicos, conductores, adultos, desconocidos, desastres naturales. En el suicidio de un menor, sólo el niño es el responsable del acto, y sus tutores, padres o no, de las condiciones en las que ha llegado a ejecutarlo. A la mitificación del muerto y el dolor de la familia se añade la búsqueda de una razón. ¿Por qué?
Eligen la muerte porque no tienen claro que sea para siempre. Pero creen que la adolescencia sí lo es. El suicidio literario de Werther provocó una oleada de chalecos y levitas vistosas en toda la Europa romántica, y de suicidios que lo seguían. El acto de rebeldía suprema contra la sociedad, la familia, la religión y el destino caló con fuerza. El joven decimonónico se suicidaba porque no poseía poder ni presencia, y protestaba por ello. El adolescente contemporáneo es heredero de al menos dos revoluciones juveniles en las que ha conquistado el derecho a la sexualidad, a la experimentación y a la emancipación, aunque no a voto. Ha conseguido toda la visibilidad que podría soñar, pero ubicada en un mundo en el que los adultos desean parecer adolescentes, y los adolescentes no se encuentran demasiado satisfechos de serlo.
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