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Supervivencia
ADN, 08.02.08 |
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Los españoles que sobrevivían en el campo de exterminio de Mathausen contabilizaron las diversas maneras de matar a una persona que los nazis habían desarrollado en ese lugar, con lo que más a mano tenían, de manera barata: algunas de ellas no podían darse más que al borde de aquella absurda cantera, en las piedras de una escalera que no servía para nada.
Morían helados tras duchas repetidas, despedazados por los perros, despeñados por el barranco de la cantera. Electrocutados, o de agotamiento, con una piedra a la espalda. Algunos asesinatos se ocultaban bajo un intento de fuga. El catálogo de muertes resulta tan siniestro que encoge el corazón ante el horror puro. Ocurría en Europa, ante los ojos de quienes preferían invertir en una mejor manera de ganar la guerra.
Recordé de pronto esa lista macabra cuando una muchacha peruana cayó por una ventana. Ese mismo día, una mujer había envenenado a sus cuatro hijos. Los modos de matar mujeres y niños, incluso bajo la presión constante de quienes instan a denunciar, a pedir ayuda, a eliminar la violencia, son tan infinitos como elaborados. Arma blanca, disparos, quemaduras, estrangulamiento, hachazos. La maldad no se extingue: adopta otras formas y otros ojos, pero se basa en una ideología clara. Vales menos, me perteneces, harás lo que yo desee, cuando lo desee. No conoce edad, ni fronteras, apenas atiende a razones.
Y pasa en Europa, ante los ojos de quienes prefieren invertir en una mejor manera de ganar las pequeñas, mezquinas guerras cotidianas.
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