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Espido Freire
   
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Leche materna (2)


El pecho femenino ha sido siempre patrimonio del hombre. Se considera un objeto erótico, separado del resto del cuerpo, un fetiche que define el atractivo, la edad o la capacidad sexual; los trucos para mantenerlo joven, erguido y terso, las cirugías actuales, los cosméticos y lencería dan fe de cómo la mujer se valora y es valorada en relación a él. Las revistas eligen los mejores, los hombres listan los que prefieren, las mujeres pagan por los ideales.

Cuando no pertenece al hombre adulto, se le otorga esa posesión al bebé. El pecho que amamanta, hinchado, similar al modelo pornográfico, se cubre de inocencia al destinarse a una función práctica y esencial. Para muchos, hombres y mujeres, resulta imposible la transición de ese pecho sexual al pecho alimenticio. Perciben el que el niño mame en público como una exhibición obscena, como si se mostraran los genitales.

No es extraño, por lo tanto, que la misma opinión no deseada sobre los pechos sexualizados se repita en el pecho lactante. Todos (vecinos, familiares, testigos, médicos) tienen algo que decir. Les repugna, piden que no se haga en público, dificultan o censuran, y esas críticas aumentan cuanto más se prolonga la lactancia. Se deforma el pecho, puede provocar a alguien, no es sano para el niño. Prefieren que gaste dinero en leche artificial. Ah, la misoginia.

Olvidan esos seis meses de leche materna necesarios para el bebé. Olvidan el propio pudor que la madre siente, influida también por esas ideas.


© Espido Freire