 |
|
El pecho femenino
ha sido siempre patrimonio del hombre. Se considera
un objeto erótico, separado del resto del cuerpo,
un fetiche que define el atractivo, la edad o la capacidad
sexual; los trucos para mantenerlo joven, erguido y
terso, las cirugías actuales, los cosméticos
y lencería dan fe de cómo la mujer se
valora y es valorada en relación a él.
Las revistas eligen los mejores, los hombres listan
los que prefieren, las mujeres pagan por los ideales.
Cuando no pertenece al hombre adulto, se le otorga
esa posesión al bebé. El pecho que amamanta,
hinchado, similar al modelo pornográfico, se
cubre de inocencia al destinarse a una función
práctica y esencial. Para muchos, hombres y
mujeres, resulta imposible la transición de
ese pecho sexual al pecho alimenticio. Perciben el
que el niño mame en público como una
exhibición obscena, como si se mostraran los
genitales.
No es extraño, por lo tanto, que la misma opinión
no deseada sobre los pechos sexualizados se repita
en el pecho lactante. Todos (vecinos, familiares, testigos,
médicos) tienen algo que decir. Les repugna,
piden que no se haga en público, dificultan
o censuran, y esas críticas aumentan cuanto
más se prolonga la lactancia. Se deforma el
pecho, puede provocar a alguien, no es sano para el
niño. Prefieren que gaste dinero en leche artificial.
Ah, la misoginia.
Olvidan esos seis meses de leche materna necesarios
para el bebé. Olvidan el propio pudor que la
madre siente, influida también por esas ideas.
|