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Me encantaría expresar mi opinión acerca de las circunstancias de los controladores aéreos, lleven a cabo una huelga encubierta o padezcan una plaga de stress, ansiedad y miedo. Nada me complacería más que disponer de los datos objetivos y exactos de la administración y los particulares, y por lo tanto, tomar una postura basada en hechos, y no en dimes, diretes o suposiciones. Cuando se han solicitado, bajo nombres menos conocidos que el mío, la respuesta ha sido tan parcial y poco fiable que poco más daba no haber recibido nada. Me ahorraré los comentarios que entre mis amigas ha despertado la apostura física del representante sindical de los controladores, que en otras circunstancias, y con un cromosoma X más de por medio hubiera resultado llamativa.
El problema de todo esto es que no se nos permite una defensa a los que, de entrada, sentimos una viva simpatía por los controladores, su tensión, su preparación y sus responsabilidades. Muchos se sienten amenazados por los altos sueldos de los controladores: eso es absurdo. Se recibe el sueldo que por pacto, escasez o preparación se acuerda. Viven a turnos, con un peso sobre la espalda que los encorva, y con una voz que marca la diferencia entre aterrizaje y muerte. Poco me importa lo que cobre un controlador, siempre que mi avión llegue a tiempo y no me haga perder tiempo o dinero. Poco me afectan descansos o reivindicaciones. En este caso, soy cliente. Pago, y precios no baratos. No me importan los resultados, sólo los responsables. Y las soluciones. |