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Leo el nuevo libro de Sofía Rhei, Alicia volátil, un poemario tan adecuado para las luces de julio como para la intimidad de la lectura que exigen los meses de otoño. La joven poeta, una de mis preferidas, reinterpreta una Alicia que se reconoce perpleja, o a la que se asombra ante las criaturas peludas. Una Alicia multiplicada en el espejo, más cercana a la mujer que la lee que a la niña que se escapó por un agujero.
Cuando hace unos meses paseaba por una Nueva York entregada devotamente a Tim Burton y su reinterpretación de Alicia (y los escaparates rebosaban de conejos y de gatos invisibles, y los libros mostraban a niñas rubias vestidas de azul, pero también a Johnnie Depp con su mirada chiflada, o a reinas de corazones iracundas y regordetas) pensaba ya en este libro, que me habían remitido en pdf. He sentido siempre debilidad por los homenajes y las reinterpretaciones, y esa querencia se agigantó cuando leí “Los diarios de Susanna Moodie” en los que Margareth Atwood había leído los pesados y retóricos diarios de una pionera en Canadá para convertirlos en poemas que silbaban como latigazos. Atwood, libre del complejo de originalidad a toda costa que nos aqueja a los autores españoles, ofrecía la fascinación de la relectura de un libro escrito por una mujer aterrada por lo salvaje.
La Alicia de Rhei habla de Alicia Liddell; pero sobre todo de los amores imposibles con la literatura, la ciencia y lo imposible que un autor mantiene. ¿Qué otra cosa hizo, al fin y al cabo, Lewis Carroll? |