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No tengo casi nada que objetar a que, de manera obsesiva, se propongan ídolos deportivos como modelos aspiracionales para los niños; en momentos de decadencia, o en los que se ha asumido el presente como corrupto y caótico, ideales de esfuerzo, de trabajo bien hecho, de excelencia y de sacrificio caen en los oídos como rocío en las regiones en alerta por la ola de calor. Y hoy, como casi siempre, es el turno de los futbolistas.
Pero ese casi nada excluye dos puntos: uno de ellos es la exclusividad masculina de esos modelos de comportamiento, que con frecuencia no son presentados con figuras femeninas del mismo peso o de la misma relevancia. ¿Puede una niña aspirar a ser la mejor defensa del mundo? Sin duda, sí, pero ni el peso ni la fama del fútbol femenino se acercan al masculino, ni puede saltarse a la torera el criterio de identificación más importante, que es el de género. Las mujeres que rodean el mundo del deporte son rutinariamente cosificadas, o valoradas por su físico y su sensualidad: incluso las novias que hacen algo más que lucir bonito son clasificadas en el mismo estante.
La segunda salvedad es el pensamiento en blanco y negro que rodea a estos jugadores: dioses si rematan o marcan, mediocres si muestran debilidad, acabados si no obedecen a las expectativas, los medios y los propios aficionados pasan el amor al odio con una vertiginosa velocidad. No se aprecian matices, no basta otro esquema moral que no sea el triunfo o la derrota. No hacen falta más refuerzos en ese campo. |