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Mal y miedo
ADN, 02.07.10 |
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Una niña de ojos claros se desangra en el fondo de un pozo durante tres días. Otra, desaparecida desde hace meses, continúa convertida en un fantasma que hechiza a sus padres, a sus amigos, a una sociedad entera que la ha buscado en el cauce de un río, en zanjas y descampados. Sus asesinos han sido novios, amigas, rivales, o incluso, en un tercer caso, un desconocido que decidió ensañarse con otra niña, atropellarla y quemarla, y que, pocos años más tarde ha quedado en libertad, sin antecedentes.
Son excepciones, puntas afiladas en el mullido tejido de un país que mima y malcría a los adolescentes, y al mismo tiempo les exige unas responsabilidades morales y emocionales extenuantes. No indica, como algunos dicen, una pérdida de valores (esa pérdida se revela en otros detalles, en otras actitudes destructivas) sino un problema general que no se aborda de frente; la existencia de la maldad entre nosotros, de individuos que no están enfermos, no se han vuelto locos, no ofrecen explicaciones. Son perversos, gozan con el dolor, y torturarán animales, niños, compañeros adolescentes, mientras sean jóvenes. Más adelante, con la adquisición del poder que logran muchos desalmados ejercerán su influencia malvada sobre sus parejas, sus hijos, sus subordinados o compañeros.
Se habla poco de los psicópatas si no matan. Estos jóvenes asesinos causan el escándalo que causan porque su progresión en el mal es rapidísima, pero los otros, los vampiros emocionales, los chantajistas, maltratadores, observan y se ríen. Les gustan los pozos. |